Arlette Geneve

Escribir con el corazón

Artículos del abril, 2010

abr-24-10

Celeste

escrito por arlettegeneve

Os traigo un cuento hermoso de una muy buena amiga mía: Noemí, y me parece tan especial que le he pedido permiso para compartirlo con todos vosotros.

Es una historia que se repite siempre, lamentablemente, pero está en nuestras manos hacer todo lo posible para cambiar esa circunstancia.

Gracias Noemí por el enorme privilegio de poder disfrutar esta historia. Os invito a que visitéis su página especial y tremendamente espiritual.

http://pensadoras.ning.com/

Celeste.

23 de diciembre de 2006

¡Faltaba poco para navidad! Celeste se levanto ese día con un hormigueo extraño en la barriguita. Estaba feliz, y hacía mucho tiempo que no se sentía así. Se asomo a la ventana de su pequeño cuarto, veía caer los primeros copos de nieve, ¡le encantaba la navidad! Los sueños de su mente estaban acompañados por las luces de colores que veía, sus ojitos se fijaron en una ventana situada frente a la suya, un papá Noel colgaba de la barandilla de un balcón, como si esperase para entrar a la casa, y de vez en cuando escuchaba algún villancico. Tenía seis añitos, pero sus dulces e infantiles ojos, habían visto demasiado. Esa mañana de diciembre, su anciana bisabuela, con la que vivía y dormía, se levanto muy triste, apenas podía andar, la navidad venia acompañada de frío y nieve, y sus debilitados huesos estaban ya muy resentidos por el paso de los años. Había llegado el momento de salir a la fría calle, se abrigaron bien y, tarareando un villancico conocido, se fueron a comprar algo de pan y verduras. Por el camino, Celeste iba muy embelesada viendo todos los adornos que habían por la calle; las luces; los renos; la música. ¡Estaba todo tan bonito! Le pregunto a la anciana por qué en su casa no había adornos, por qué dentro de sus cuatro paredes no había navidad. La anciana, con rostro cansado, y con sus manos ajadas de su larga y trabajada vida, se limito a mirarla con ojos brillantes, pero tristes en su profundidad. Los años la habían castigado de forma muy dura, ni siquiera tenia la suficientes fuerzas para cuidarse, entonces ¿cómo explicar el abandono de los seres queridos? ¿La carencia de lo más necesario? Celeste era una niña muy pequeña, había tiempo para explicar esas cosas, pero no tan cerca de la navidad. De camino a casa, ambas, niña y anciana, contemplaron a la madre de la niña, y a su abuela que hablaban de forma rara, como tantas otras veces. El brillo de sus ojos se tornaba vidrioso a medida que pasaban los minutos. Celeste no entendía de que hablaban, pero sujetó aún más fuerte la mano de su querida Ancianita. La casa, de su amada ancianita es vieja, sin el honor que tienen las casas cuidadas por manos de hijas amorosas, a ella no le gustaba el olor a ropa gastada, paredes húmedas, pero allí, bajo el cuidado de su ancianita, se sentía protegida, y para Celeste, esa sensación de seguridad , era la más importante del mundo. Ahora que tenia que ir obligada con su madre y con su abuela, el pánico se adueñó de ella, por ese motivo se agarro fuerte de la mano de su ancianita. Pero de nada le sirvió; ese día, su madre tenia el capricho de comer con ella. Celeste empezó a llorar, parecía que nadie la escuchaba. La anciana, tras mirarla un momento con ojos brillantes de lágrimas, comenzó a marcharse cavizbaja, y andar cansado. Celeste entre gimoteos lastimosos, llego a la casa que estaba tan sucia y desordenada como siempre. Y lo más trise para ella era que allí, ¡tampoco había navidad! ¿Por qué parecía que no existía la ilusión para ella? ¿Por qué en su mundo no había alegría? ¿Risas? ¿La música adornando los comedores con abundante comida? Si había familias, debía de existir la navidad. Pero en ese lugar triste y lóbrego llamado hogar, no existía la magia y el encanto de la navidad, pareceía que desaparecían. Se sentaron a comer unas sobras de caldo, aunque parecía agua sucia. Con un sentimiento de aflicción, Celeste empezó a comer. Y un momento después su madre y su abuela iniciaron una discusión tremenda, ella comenzó a hipar, y ante la amenaza de ponerse a llorar, le ordenaron que se marchara a su habitación. Celeste sentía miedo en ese lugar oscuro, olía a rancio, y miró los colchones tirados en el suelo con descuido, estaban sucios, en lugar de sabanas habían colocado unas toallas que no se distinguía el color. Celeste fijó sus ojos castaños en la única ventana del dormitorio, era como una abertura que representaba un alivio al hedor que impregnaba su nariz. Sin ser consciente, dirigió sus pasitos hacia ese pequeño reducto de libertad. En el pequeño patio se podía oír el bullicio de los diferentes apartamentos, los gritos de los niños con sus juguetes, la música navideña que tanto le gustaba a ella. Celeste arrastró el pequeño taburete para subirse a él y asomar su rostro hacia el exterior, cuanod lo hizo, contemplo el hermoso árbol que adornaba el salón del vecino de enfrente. Tenía todo lo que debe tener un árbol de navidad; luces; Ángeles; estrellas, y el suelo de madera estaba cubierto de regalos de diferentes tamaños. Los ojos de Celeste se llenaron de lágrinas, que al resbalar por sus mejillas y tratar de detenerlas con su lengua rosada, las sintió saladas, ella no tendría regalos, nunca había tenido regalos, pero de tenerlos los cambiaría por una navidad feliz. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta del niño que se había sentado junto al bonito árbol adornado. El niño, al darse cuenta de que ella lo miraba, alzó su barbilla y la miró, pero Celeste era muy tímida, se asustó y se bajo corriendo del taburete y se arrinconó en una esquina, con la cabeza entre las piernas. Si se hubiese quedado en la ventana, podría haber visto el saludo navideño que el niño le había dado y retribuírselo, pero ella no estaba acostumbrada a recibir muestras de atención. Un segundo después escuchó un grito airado. Se dio cuenta que aun se oían los gritos de la pelea entre su madre y su abuela, ambas seguían en la cocina. Celeste miró a su alrededor pero no vio nada interesante para hacer salvo soñar, y allí, sentada en el frío suelo, comenzó a soñar con las cosas que le gustaban, como vestidos bonitos, se vio a sí misma con un vestido blanco, con unas botas rojas, con una bufanda y gorrito a juego; imagino que ella estaba bajo el árbol navideño, con todos los regalos. Con dulces, y cantando villancicos… y con esos pensamientos se durmió. Unos minutos después se despertó desorientada y le dolía todo su cuerpecito, hacía demasaido frío para dormir en el suelo, por ese motivo se armó de valor y salió de su dormitorio, pero su madre estaba dormida en el sofá, boca arriba, y de su garganta salían gemidos que la asustaban, aunque no entendía el motivo. Ella sólo quería irse con su ancianita, y por eso se acerco a su madre para que la llevara, pero al tocarla para despertarla, no reacciono. Buscó con su mirada a su abuela que estaba fumando en la cocina como si no hubiese ocurrido nada. Con pasos tímidos se aceró, y le pidió por favor que la llevara a su casa. La abuela la miro, y sin decir nada se levanto, la asio de la mano y se se dirigieron hacia la calle. Al bajar, Celeste sintió un escalofrío y entonces se dio cuenta que había olvidado su abrigo, pero prefirió no decir nada, en su corazoncito quería llegar lo antes posible al lugar donde se sentía protegida; y por su puesto su abuela no se dio ni cuenta. Por fin llegaron, entro corriendo a la casa y le dio un fuerte abrazo a su anciana, parecía que llevaba una eternidad sin verla, pero apenas habían pasado unas pocas horas que a Celeste le parecieron demasiado largas, dolorosas. Pero algo había cambiado, miró a su alrededor con sorpresa, mientras una gran sonrisa acudía a sus labios como por arte de magia. No sabia cómo, pero la navidad había llegado a casa. ¡Había velas encendidas! Unas bolitas brillantes colgaban de las puertas, y encima de la mesa del comedor había una gran bandeja de dulces, parecía que la esperaban. ¡Estaba radiante y feliz! Celeste se sentó a comer con mucha alegría, y la ancianita le dio una caja que ella tomó con un brillo de curiosidad en sus pupilas; al abrirla descubrio una pandereta naranja y un gorrito de papa Noel. Celeste estaba muy contenta. La anciana aun tenia otra sorpresa, llevaba tiempo sacrificándose para poder comprarle unos regalitos para nochebuena, a ella le hubiera gustado dárselo el día de Reyes como era tradición suya, pero tenia tantas ganas de ver su carita de felicidad al abrir los regalos, que no podía esperar ni un día más. Sabia que le iban a hacer mucha ilusión. La conocía muy bien.

24 de Diciembre de 2006

Amaneció el día de nochebuena, muy blanco, todo cubierto de nieve. Celeste había dormido con el gorrito de papa Noel puesto, estaba tan feliz que no había querido quitárselo. Asomo su pequeña cabecita por la ventana y vio a unos niños jugando en la calle, se tiraban bolas de nieve y hacían muñecos con ella, pero Celeste no podía salir a jugar, su ancianita tenia miedo de dejarla salir. Ambas se sentaron en el sofá para ver una película navideña, en la televisión siempre ponían películas bonitas en navidad. Todo era muy bonito, veía a las familias preparando abundantes cenas; cantando; abriendo regalos… y con esas imágenes se quedo pensativa, la televisión le transmitía siempre una navidad hermosa. De repente, sonó el timbre, y la ancianita la miró con ojos desolados antes de levantarse para abrir, ella tenia miedo de que fuera otra vez su madre, pero la persona que ella vio en el umbral de la puerra, no era su madre ni su abuela, eran dos hombres con rostro serio y que la miraron con ojos fríos, Celeste sintió un escalofrío recorrerle por la espalda. La anciana tenía el rostro pálido, en sus ojos asomaba una expresión de terror que Celeste nunca había visto antes y que le hizo temblar de miedo. Los hombres se acercaron hacia el lugar donde estaba ella, uno de los desconocidos la cogió en brazos y la sacó hacia la calle. Ella no supo por qué motivo se la llevaban, qué sucedía. La anciana comenzó a gritar y a llorar al mismo tiempo, quería asirla entre sus brazos pero no se lo permitieron. Celeste se dio cuenta que la alejaban de su querida ancianita. Hizo fuerza, grito, lloro, pero no sirvió de nada. Esa noche fue la más larga, la anciana se sentó impotente, transcurrían las horas y se sentía incapaz de hacer o decir nada. Había llegado el día de navidad, veía los regalos que tanto sacrificio le había costado comprar. Celeste ya no los iba a abrir con una sonrisa de júbilo, y de hacerlo alguna, vez no le servirían de nada. Las botas rojas con la bufanda y el gorrito a juego quedarían para siempre en el armario.

25 de Diciembre de 2009

Celeste ya no volvió del centro de menores. Su madre había tenido tres hijos más, pero que habían corrido la misma suerte que Celeste, pero con la diferencia que a sus hermanos se los llevaron al nacer. El alcohol y las drogas dejaron huellas profundas en sus pequeños cuerpo.  La anciana sigue mirando los regalos envueltos, en espera de que algún día, su pequeña Celeste venga a abrirlos.

Dedicado a Maite.

Noemí Díez Lorenzo. 

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abr-19-10

Un viaje para recordar…

escrito por arlettegeneve

UN VIAJE PARA RECORDAR….

El viernes día 16 amaneció soleado en Alicante. Los ánimos estaban fuertes por la perspectiva del viaje a Málaga. Los nervios habían anidado en el estómago durante la noche, como un animal buscando cobijo durante la tormenta.

Pero todo se iba desarrollando, según los planes trazados.

Para una sureña convencida que el sol cae en el reino de Valencia la mayor parte del año, con justicia divina e implacable, que lloviese, resultó toda una sorpresa, y cómo llovió, como una seria advertencia y absurda premonición primaveral de lo que iba a ser el fin de semana. Las previsiones atmosféricas no decepcionaron. Llovió en el sur con chabacanería, como si el tiempo se burlase de unos cautos transeúntes que no están preparados para que el cielo se vengase, y sí para disfrutar de nuestro buen clima mediterráneo.

¡Ha desaparecido! Nuestro buen tiempo, quiero decir.

Pero, aunque las miradas llenas de expectativas se apagaron un tanto, la ilusión por la presentación siguió creciendo a un ritmo acelerado. Y no me equivoqué. No importó la lluvia, ni el mal tiempo, ni el aire frío que nos hizo estremecer cada vez que nos acariciaba solícito. Todo resultó MARAVILLOSO.

Dentro de la librería Luces esperaban los lectores, aquellos que nos les importó que diluviase, el aire frío y el bullicio por la semana de cine de Málaga, y quiero mencionarlas porque se merecen un aplauso, y me inclino ante su persistencia.

Mari Cruz, que se había levantado por la mañana enferma, y allí estaba.

Carmen, que cruzó Málaga cargada de libros y con esa sonrisa hermosa y llena de promesas.

Pepi, que se trajo a toda su familia a la presentación.

Tere, a la que volví a ver después de un año.

Mimbre, que hizo un viaje desde la provincia de Jaen para estar conmigo; a pesar de que tuvo que hacer un cambio de horario en el trabajo; de las dos horas de coche hasta el lugar de la presentación.

La escritora y ganadora del IV Premio Terciopelo con la que pude disfrutar con una charla muy interesante y con la que compartí dedicatoria. Gracias Raquel.

Anny, que no pudo estar en la presentación, pero me arropó durante las horas previas a ella.

Una mención de disculpa por si me dejo algún nombre, de verdad que no es voluntario.

Y no olvido a los maridos que acompañaron a sus esposas con una sonrisa en los labios, y toda la paciencia del mundo.

Muchas gracias también a la presentadora, Loli, porque pasó una mal rato por mi culpa, pero hizo un trabajo de cine, y que no olvidaré, a pesar de que dejó a Brandon sin cabeza.

Lectoras no, amigas malagueñas, sois maravillosas.

Me he traído unos recuerdos absolutamente enriquecedores e imprescindibles en mi vida como persona, y como autora.

De nuevo, muchas gracias.

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abr-5-10

BAJO EL CIELO DE PARÍS

escrito por arlettegeneve

Os dejo un relato que escribí para la revista RomanTica. Sé que muchos no habéis tenido acceso a ella y por ese motivo me he decidido a colgarlo en mi página web. Espero que disfrutéis de su lectura.

Arlette.

BAJO EL CIELO DE PARÍS

Ciudad de París, 25 Agosto de 1944

Arianne alzó su rostro para mirar el cielo que, en esa mañana cálida de verano, estaba completamente despejado. En los últimos días, aviones americanos e ingleses habían surcado los cielos de Francia de forma continua y sin tregua. Miles de soldados que se lanzaban desde el interior de las bestias de metal, habían tintado el cielo azul de puntos negros para convertirse, poco después de abrir sus paracaídas, en flores de algodón blanco que oscilaban suspendidos en el aire antes de tomar tierra firme.

París había sido liberado, y Alemania se replegaba hacia Bélgica. La guerra llegaba a su fin, y los franceses podían respirar con un profundo alivio.

Arienne volvió su mirada hacia los Campos Elíseos atestados de gente, de patriotas deseosos de darle la bienvenida a los aliados. A lo lejos se podía escuchar las notas de La Marsellesa ofrecida con un sentido de orgullo y patriotismo sin parangón, y el alborotado repique de las campanas del Notre Damme, daban el punto festivo a la celebración.

Una muchedumbre aplaudía con fervor a los soldados que hacían su entrada triunfal en la ciudad con una sonrisa en los labios. Blindados de la 2ª Acorazada rendían honores, y los oficiales miraban, con un brillo de satisfacción en sus pupilas, el desfile de sus compañeros. Muchos de los espectadores blandían sus pañuelos blancos en señal de bienvenida, y algunas muchachas osadas lanzaban besos a los sonrientes soldados que pasaban a su lado, éstos les devolvían el gesto lanzándoles chocolatinas.

Arianne quería disfrutar del júbilo, pero no había logrado una posición ventajosa para ello. Aunque se ponía de puntillas, no lograba ver más allá de las espaldas de los parisinos y de los oficiales que hacían una fila de honor con sus jeeps y blindados para proteger el desfile de los soldados. Resignada, soltó un suspiro y comenzó a darse la vuelta sin pensar que la multitud la cercaba.

Robert St´James tenía los ojos clavados en la muchacha que tenía delante de él, había dejado un momento su asiento en el jeep para buscar agua, ahora que regresaba de nuevo a su lugar con una botella fría, se topaba con la mujer más extraordinaria que había visto nunca. Su pelo castaño brillaba bajo los rayos del sol, y el perfume de su piel le llenaba las fosas nasales produciéndole un placer que creía olvidado. Olía a lavanda mecida por una brisa estival.

¡La guerra se volvía tan cruel con los recuerdos!

El vestido, de fino algodón y estampado con vivas flores en rojo y blanco, se ajustaba de forma perfecta a su bien delineado cuerpo femenino. Por alguna inexplicable razón, no podía apartar sus ojos de ella, ni comprendía las ganas que sentía de pasar la yema de sus dedos por sus mejillas lozanas, por la piel sedosa de su cuello. La había visto hacerse un hueco entre el gentío para ver el desfile, pero su pequeña estatura le impedía ver más allá de los hombros de los ansiosos espectadores. Ella se movía hacia la izquierda y hacia la derecha buscando una posición mejor, y cuando se percató de que no iba a lograrlo, desistió de su intento. Al tratar de darse la vuelta, las tres filas de personas que gritaban y agitaban sus brazos le impidieron moverse de su sitio. Robert contempló el descorazonamiento de ella al no poder dar un paso hacia delante, o hacia atrás. Estaba trabada entre el gentío que mostraba su alegría gritando al paso de los soldados.

Arianne sentía que se ahogaba, estaba atrapada en una multitud de personas. Trató de moverse para abandonar la fila, pero su intento resultó inútil.

––¡Por favor!–– Era imposible hacerse oír entre la muchedumbre que gritaba enaltecida. Arianne cerró los ojos porque comenzó a sentir un leve mareo. Apenas veía más allá de los hombros o pecho de los hombres que oprimían su cuerpo y lo empujaban hacia delante, creyó por un instante que iba a terminar en el suelo y que sería aplastada por decenas de pies.

El pánico comenzó a adueñarse de ella.

Se giró con inusitada brusquedad, y entonces su cuerpo tropezó con un pecho amplio que la desestabilizó por completo. Trastabilló de forma precaria hacia atrás, pero unos fuertes brazos la sujetaron e impidieron que cayera bajo los pies de las personas que vitoreaban con fuerza. Arianne no se había percatado que la persona que la había sujetado era un militar, pero se lo agradeció infinitamente. Alzó sus ojos y los fijó en el mentón cuadrado, firme, siguió subiendo hasta llegar a unos ojos que le sostenían la mirada con verdadero interés, y ya no pudo apartar su mirada azul de la mirada castaña, tenía una tonalidad suave, como el color de la miel templada.

––¿Can I help you?–– La voz, candente y profunda, le produjo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Los brazos fuertes seguían sujetándola por los hombros e impedían que las personas la empujaran en una dirección o en otra, pero ella no era consciente de ello, seguía con sus pupilas fijas en el atractivo rostro de hombre, en su altura y fuerte constitución.

––¿Monsieur…?–– Arianne formuló la pregunta inacabada en francés, y con un timbre de alarma en su voz aterciopelada, pero el hombre no le contestó de inmediato. Advirtió que era americano, la bandera de estrellas bordada en su hombro lo indicaba, vestía camisa y pantalón caqui, su rubio cabello lo llevaba muy recortado y libre de la gorra obligatoria. Le pareció un hombre tremendamente varonil.

Un suspiro profundo salió del interior de su garganta sin que pudiese evitarlo.

––¿Necesita mi ayuda?–– Robert había pronunciado las palabras en un perfecto francés. Los ojos de Arianne se entrecerraron atónitos. ––Si me lo permite, la ayudaré a salir del encierro donde está metida.

Ella asintió de forma muy leve con la cabeza. Si no se escabullía pronto de allí, iba a terminar desmayada por la falta de aire. Robert la sujetó por la cintura para protegerla en el avance. Su altura y fuerte constitución ayudaban en esa tarea. Salir del atolladero resultó tan fácil que Arianne se mordió el labio inferior avergonzada, pero tremendamente agradecida, aunque no caminaban hacia la acera, sino hacia el mismo desfile. La multitud se iba quedando detrás de ellos.

––La llevaré a un lugar donde disfrutará del desfile sin dificultad, podrá verlo en primera fila–– Robert la fue guiando por la amplia avenida adoquinada, donde el gentío gritaba eufórico, y los soldados le ofrecían a Robert el saludo reglamentario. Arianne supo que el hombre que la ayudaba era un oficial porque el resto de militares se cuadraban a su paso, aunque no era capaz de adivinar su rango o graduación. La conducía sin una réplica hasta un punto privilegiado, su propio jeep situado en primera línea.

––Aquí podrá disfrutar del desfile hasta que concluya–– el soldado sentado al volante salió del vehículo, se puso de pie de forma inmediata, y le ofreció a Robert el saludo obligatorio como oficial superior en la jerarquía militar. ––Mi nombre es Robert St´James, y mi ayudante es el sargento Andrew Fox. ––Los ojos de Arianne se dirigieron hacia el sargento que la miraba sin sorpresa en su rostro moreno, pero con un brillo de reconocimiento en sus ojos color café.

––Arianne Amey–– le respondió ella con una sonrisa trémula.

Un segundo después, el oficial le abrió la puerta del copiloto del vehículo y la invitó a tomar asiento. Ella lo hizo con gesto tímido. Robert se situó a su lado de pie, apoyó su cadera izquierda en la puerta cerrada, y con los brazos cruzados al pecho se dispuso a ver el desfile.

Arianne se sentía protegida dentro del vehículo con ambos hombres custodiándola, esa sensación protectora había sido relegada al pasado, los años de guerra le habían hecho olvidar tantas cosas hermosas.

La visión de los militares que desfilaban resultaba espectacular y alentador. Arianne recibió las miradas de los soldados y sus sonrisas, antes de que éstos le ofrecieran el saludo oficial al hombre que estaba de pie al lado de ella. Cuando el desfile terminó al fin, la sonrisa de Arianne no se había borrado de sus labios. Todo podía ser maravilloso a partir de ese momento. Francia se recuperaría, la libertad jamás iba a ser de nuevo cuestionada por tiranos, habría pan en los hogares, los hijos regresarían junto a sus familias…

––Será un honor acompañarla hasta su casa–– la voz de Robert la sacó de sus pensamientos, ella volvió a fijar sus pupilas en las muchachas sonrientes que se abrazaban a los soldados con grititos de placer, éstos recibían las muestras de afecto con empatía. Unos segundos después volvió su rostro hacia Robert.

––Se lo agradezco, pero no será necesario–– le respondió con una leve vacilación en la voz.

Robert clavó sus pupilas negras en Arianne ante su respuesta inesperada.

Se estaba mostrando esquiva, pero no pensaba darse por vencido. Desde que la había descubierto, el corazón le palpitaba dentro del pecho con una energía desconocida, señal inequívoca de que algo estaba a punto de cambiar en su existencia, y él no era partidario de darle la espalda a las oportunidades.

––Sería un honor poder terminar mi trabajo de protección, dejándola a salvo en su casa.

Arianne supo que no tenía nada que temer de él. Eran los libertadores, y ella se sentía enormemente agradecida por la paz y esperanza que habían traído a Francia, a Europa, a su corazón.

––Vivo algo alejada de la ciudad, en la granja Bresse. Está a poco menos de cuatro kilómetros de aquí–– la sorpresa en los ojos de Robert fue clara. Era una distancia bastante considerable.

––¿Ha venido caminando? ––Ella asintió algo azorada. La guerra había privado a las personas de las cosas más elementales como gasolina, francos, dignidad. ––Una caminata bastante larga para ver un desfile militar–– le dijo él.

Ella lo rectificó de inmediato con una media sonrisa.

––Se equivoca señor St´James, no he caminado cuatro kilómetros para ver un desfile militar, quería ser testigo de la entrada de los libertadores, una diferencia importante que no debería de olvidar nunca, y menos llevando ese uniforme–– Robert miró completamente intrigado a la muchacha francesa que le mostraba un reto en sus hermosos ojos azules. Parecía que su comentario la había molestado, pero él se lo había dicho como un cumplido y no como un reproche.

––Le ofrezco mis más sinceras disculpas señora…–– ella lo interrumpió.

––Señorita–– lo rectificó, y los labios de Robert se ampliaron en una sonrisa que la desarmó.

Arianne se percató de lo atractivo que era el oficial. No podía precisar su edad, las arrugas alrededor de sus ojos eran una clara muestra de las penalidades de sufrir la guerra en el frente.

––Estaré encantada de aceptar su compañía hasta Bresse. ––Durante unos momentos más, podría disfrutar de su cercanía, de la sensación de normalidad que lograba transmitirle su presencia.

Robert impartió varias órdenes a algunos soldados que reían y bromeaban entre ellos. El que estaba sentado al volante, le cedió su asiento para situarse detrás. Arianne seguía sentada en el asiento del copiloto. Robert sacó un mapa de París y de los alrededores y se lo mostró a ella, Arianne le señaló el punto donde estaba la granja Bresse.

Con un acelerón de las ruedas, emprendieron la marcha.

La cuajada hierba verde brillaba como si fuese un manto de terciopelo sobre la campiña. El color era tan intenso que cegaba, y Arianne se encontró parpadeando para fijar la visión de nuevo en el horizonte. La carretera seguía un bajo muro de piedra que hacía unos extraños recodos en el camino, para bordear algunos castaños centenarios que no había secado la adversidad ni la metralla, y una sonrisa se fue formando en sus carnosos labios. Iba sentada al lado del hombre más apuesto que había conocido nunca, de fuertes manos y decisión pertinaz. Arianne dejó de mirar el paisaje para fijar sus ojos en el hombre que mantenía su atención en la estrecha carretera.

––Es americano pero, ¿de qué parte?–– Le preguntó ella. Robert dejó de mirar la carretera para fijar su mirada durante unos segundos en su precioso rostro. Los ojos de ella lo fascinaban, estaban coronados por espesas pestañas negras que le conferían un atractivo único, y el color de sus ojos podía competir con el cielo de verano. Era la mujer más bella de todas, y él se sentía fascinado por ella, algo así no le había sucedido nunca.

––Del estado de Nueva York.

––¿Le gusta Europa?–– Le preguntó con un timbre de vacilación en la voz.

––Me gusta lo que he descubierto hoy–– si ella se sintió aludida, no lo demostró en absoluto, y Robert pudo apreciar su gran inocencia.

––Imagino que estará deseoso de volver a su hogar. –– La voz de Arianne había mostrado un tinte de añoranza, y ese detalle le dio alas al corazón de Robert, que había decidido en esa mañana maravillosa que la quería a ella, a una completa desconocida. Cuando se estaba en guerra, las prioridades en la vida cambiaban, él lo sabía muy bien.

––Sí, deseo regresar junto a los míos, pero no antes de que termine esta barbarie. ––Arianne deseaba preguntarle tantas cosas, pero no sabía por dónde empezar.

––Sargento…–– comenzó, él la interrumpió con voz cálida, sedosa.

––Capitán–– el rubor por su error cubrió las mejillas de ella de una tonalidad carmesí que le resultó a Robert encantadora. Resistía el impulso de tocarla a duras penas.

––Lo siento, no soy ducha en graduaciones militares–– se excusó para sumirse, un segundo después, en un completo silencio.

Faltaba apenas un kilómetro para llegar a la granja, Arianne temía la despedida, por alguna razón incomprensible, deseaba conocer de forma más íntima al oficial que le hacía sentir un cosquilleo en el estómago cada vez que la miraba. Era la primera vez en su vida que su corazón galopaba sin freno, sin control, calibró que la necesidad de compañía amiga, debía de ser la causante de su desconcierto. De su repentina necesidad de afecto masculino. Su padre y su hermano habían perecido en el campo de concentración Gurs, acusados de espías al régimen de Vichi.

––Sabes que regresaré a buscarte–– la tuteó por primera vez, y las palabras del capitán le produjeron un desconcierto absoluto. Fox se mantenía en completo silencio detrás de ellos. Arianne ignoraba que no hablaba la lengua gala.

––¿Bu…buscarme?–– Balbuceó completamente estupefacta. Él no podía estar insinuando que se sentía interesado en ella hasta el punto de querer regresar a buscarla.

––Arianne–– ella siguió mirándolo con la duda reflejada en sus pupilas–– la guerra nos enseña a no desperdiciar las oportunidades que nos brinda la vida, y esta mañana, bajo el cielo de París, se me ha brindado la mía, tú.

Arianne pensó que si abría la boca, el corazón se le saldría por ella.

––Cuando te descubrí entre el gentío, sentí unos deseos de protegerte como no había sentido nunca antes. He visto el horror que trae la contienda. El sufrimiento humano llevado hasta el extremo, pero cuando mis ojos te han contemplado, es como si mi alma te hubiese reconocido, necesito regresar a buscarte.

Arianne seguía en silencio, valorando las palabras de él, pero no pudo ofrecerle una respuesta porque la granja Bresse ya se divisaba en el horizonte. Cuando apenas faltaban trescientos metros para llegar, Robert paró el jeep de golpe y se dirigió al sargento con voz firme. Fox dejó su lugar y ocupó el asiento del conductor, Robert le abrió a ella la portezuela del vehículo para invitarla a descender de él. Arianne no protestó ni una vez. Salió sigilosa del interior del coche y aceptó la mano que el capitán le ofrecía, al hacerlo sintió una descarga de electricidad que la dejó aturdida.

––Es lo mismo que siento yo–– Arianne parpadeó confundida. Ella no podía negar la atracción que sentía hacia el capitán, pero las dudas la mecían, y la prudencia le hacía ser desconfiada, aunque sería maravilloso conocer sus aficiones. Qué le preocupaba y le hacía reír. Arianne se dio cuenta que ella tampoco quería perder la oportunidad que el destino le ofrecía en ese día de julio de 1944.

––Ya conoces mi nombre–– le dijo él de pronto–– Robert St´James, tengo treinta y cinco años, un padre periodista, una madre maestra y dos hermanas que me hacen la vida imposible cuando estoy con ellas. Vivo en un apartamento en el centro de Manhattan, y trabajo como ingeniero técnico en una empresa de construcción.

Arianne suspiró de forma profunda, anárquica a la vez. En ese breve resumen le había revelado parte de lo que quería conocer, y de pronto se sintió feliz y confiada.

––Mi nombre es Arianne Amey y vivo en la granja Bresse con mi madre. Mi padre Pierre y mi hermano Louis fueron asesinados en el campo de concentración Gurs hace dos años. Desde entonces, mi madre y yo colaboramos con la resistencia.

En esa breve explicación, Robert supo todo lo que había sufrido Arianne en la guerra, y el deseo de protegerla se volvió acuciante.

––Te pido formalmente, el permiso para escribirte hasta que regrese de nuevo a París.

––Lo tienes.

––Deseo besarte–– le anunció él. Ella lo miró con ojos arrobados, sinceros.

––Y yo a ti–– le respondió en un susurro.

Ambas bocas se fundieron en un beso apasionado, bajo el amparo de un castaño viejo de corteza gris, protegidos por sus ramas torcidas y llenas de hojas verdes. Con el sonido de los ruiseñores trinando sobre sus cabezas.

Arianne sintió la lengua aterciopelada de Robert acariciar cada recoveco de su boca. Sus pliegues rugosos, el interior de sus mejillas. Se abandonó a la locura que la poseía y se dejó arrastrar hacia el precipicio sin que le importara caer con él al vacío. Acababa de conocer al hombre más extraordinario. El amor llamó a los corazones de Robert S´James y de Arianne Amey ese 24 de julio bajo el cielo de París.

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