Celeste
Os traigo un cuento hermoso de una muy buena amiga mía: Noemí, y me parece tan especial que le he pedido permiso para compartirlo con todos vosotros.
Es una historia que se repite siempre, lamentablemente, pero está en nuestras manos hacer todo lo posible para cambiar esa circunstancia.
Gracias Noemí por el enorme privilegio de poder disfrutar esta historia. Os invito a que visitéis su página especial y tremendamente espiritual.
Celeste.
23 de diciembre de 2006
¡Faltaba poco para navidad! Celeste se levanto ese día con un hormigueo extraño en la barriguita. Estaba feliz, y hacía mucho tiempo que no se sentía así. Se asomo a la ventana de su pequeño cuarto, veía caer los primeros copos de nieve, ¡le encantaba la navidad! Los sueños de su mente estaban acompañados por las luces de colores que veía, sus ojitos se fijaron en una ventana situada frente a la suya, un papá Noel colgaba de la barandilla de un balcón, como si esperase para entrar a la casa, y de vez en cuando escuchaba algún villancico. Tenía seis añitos, pero sus dulces e infantiles ojos, habían visto demasiado. Esa mañana de diciembre, su anciana bisabuela, con la que vivía y dormía, se levanto muy triste, apenas podía andar, la navidad venia acompañada de frío y nieve, y sus debilitados huesos estaban ya muy resentidos por el paso de los años. Había llegado el momento de salir a la fría calle, se abrigaron bien y, tarareando un villancico conocido, se fueron a comprar algo de pan y verduras. Por el camino, Celeste iba muy embelesada viendo todos los adornos que habían por la calle; las luces; los renos; la música. ¡Estaba todo tan bonito! Le pregunto a la anciana por qué en su casa no había adornos, por qué dentro de sus cuatro paredes no había navidad. La anciana, con rostro cansado, y con sus manos ajadas de su larga y trabajada vida, se limito a mirarla con ojos brillantes, pero tristes en su profundidad. Los años la habían castigado de forma muy dura, ni siquiera tenia la suficientes fuerzas para cuidarse, entonces ¿cómo explicar el abandono de los seres queridos? ¿La carencia de lo más necesario? Celeste era una niña muy pequeña, había tiempo para explicar esas cosas, pero no tan cerca de la navidad. De camino a casa, ambas, niña y anciana, contemplaron a la madre de la niña, y a su abuela que hablaban de forma rara, como tantas otras veces. El brillo de sus ojos se tornaba vidrioso a medida que pasaban los minutos. Celeste no entendía de que hablaban, pero sujetó aún más fuerte la mano de su querida Ancianita. La casa, de su amada ancianita es vieja, sin el honor que tienen las casas cuidadas por manos de hijas amorosas, a ella no le gustaba el olor a ropa gastada, paredes húmedas, pero allí, bajo el cuidado de su ancianita, se sentía protegida, y para Celeste, esa sensación de seguridad , era la más importante del mundo. Ahora que tenia que ir obligada con su madre y con su abuela, el pánico se adueñó de ella, por ese motivo se agarro fuerte de la mano de su ancianita. Pero de nada le sirvió; ese día, su madre tenia el capricho de comer con ella. Celeste empezó a llorar, parecía que nadie la escuchaba. La anciana, tras mirarla un momento con ojos brillantes de lágrimas, comenzó a marcharse cavizbaja, y andar cansado. Celeste entre gimoteos lastimosos, llego a la casa que estaba tan sucia y desordenada como siempre. Y lo más trise para ella era que allí, ¡tampoco había navidad! ¿Por qué parecía que no existía la ilusión para ella? ¿Por qué en su mundo no había alegría? ¿Risas? ¿La música adornando los comedores con abundante comida? Si había familias, debía de existir la navidad. Pero en ese lugar triste y lóbrego llamado hogar, no existía la magia y el encanto de la navidad, pareceía que desaparecían. Se sentaron a comer unas sobras de caldo, aunque parecía agua sucia. Con un sentimiento de aflicción, Celeste empezó a comer. Y un momento después su madre y su abuela iniciaron una discusión tremenda, ella comenzó a hipar, y ante la amenaza de ponerse a llorar, le ordenaron que se marchara a su habitación. Celeste sentía miedo en ese lugar oscuro, olía a rancio, y miró los colchones tirados en el suelo con descuido, estaban sucios, en lugar de sabanas habían colocado unas toallas que no se distinguía el color. Celeste fijó sus ojos castaños en la única ventana del dormitorio, era como una abertura que representaba un alivio al hedor que impregnaba su nariz. Sin ser consciente, dirigió sus pasitos hacia ese pequeño reducto de libertad. En el pequeño patio se podía oír el bullicio de los diferentes apartamentos, los gritos de los niños con sus juguetes, la música navideña que tanto le gustaba a ella. Celeste arrastró el pequeño taburete para subirse a él y asomar su rostro hacia el exterior, cuanod lo hizo, contemplo el hermoso árbol que adornaba el salón del vecino de enfrente. Tenía todo lo que debe tener un árbol de navidad; luces; Ángeles; estrellas, y el suelo de madera estaba cubierto de regalos de diferentes tamaños. Los ojos de Celeste se llenaron de lágrinas, que al resbalar por sus mejillas y tratar de detenerlas con su lengua rosada, las sintió saladas, ella no tendría regalos, nunca había tenido regalos, pero de tenerlos los cambiaría por una navidad feliz. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta del niño que se había sentado junto al bonito árbol adornado. El niño, al darse cuenta de que ella lo miraba, alzó su barbilla y la miró, pero Celeste era muy tímida, se asustó y se bajo corriendo del taburete y se arrinconó en una esquina, con la cabeza entre las piernas. Si se hubiese quedado en la ventana, podría haber visto el saludo navideño que el niño le había dado y retribuírselo, pero ella no estaba acostumbrada a recibir muestras de atención. Un segundo después escuchó un grito airado. Se dio cuenta que aun se oían los gritos de la pelea entre su madre y su abuela, ambas seguían en la cocina. Celeste miró a su alrededor pero no vio nada interesante para hacer salvo soñar, y allí, sentada en el frío suelo, comenzó a soñar con las cosas que le gustaban, como vestidos bonitos, se vio a sí misma con un vestido blanco, con unas botas rojas, con una bufanda y gorrito a juego; imagino que ella estaba bajo el árbol navideño, con todos los regalos. Con dulces, y cantando villancicos… y con esos pensamientos se durmió. Unos minutos después se despertó desorientada y le dolía todo su cuerpecito, hacía demasaido frío para dormir en el suelo, por ese motivo se armó de valor y salió de su dormitorio, pero su madre estaba dormida en el sofá, boca arriba, y de su garganta salían gemidos que la asustaban, aunque no entendía el motivo. Ella sólo quería irse con su ancianita, y por eso se acerco a su madre para que la llevara, pero al tocarla para despertarla, no reacciono. Buscó con su mirada a su abuela que estaba fumando en la cocina como si no hubiese ocurrido nada. Con pasos tímidos se aceró, y le pidió por favor que la llevara a su casa. La abuela la miro, y sin decir nada se levanto, la asio de la mano y se se dirigieron hacia la calle. Al bajar, Celeste sintió un escalofrío y entonces se dio cuenta que había olvidado su abrigo, pero prefirió no decir nada, en su corazoncito quería llegar lo antes posible al lugar donde se sentía protegida; y por su puesto su abuela no se dio ni cuenta. Por fin llegaron, entro corriendo a la casa y le dio un fuerte abrazo a su anciana, parecía que llevaba una eternidad sin verla, pero apenas habían pasado unas pocas horas que a Celeste le parecieron demasiado largas, dolorosas. Pero algo había cambiado, miró a su alrededor con sorpresa, mientras una gran sonrisa acudía a sus labios como por arte de magia. No sabia cómo, pero la navidad había llegado a casa. ¡Había velas encendidas! Unas bolitas brillantes colgaban de las puertas, y encima de la mesa del comedor había una gran bandeja de dulces, parecía que la esperaban. ¡Estaba radiante y feliz! Celeste se sentó a comer con mucha alegría, y la ancianita le dio una caja que ella tomó con un brillo de curiosidad en sus pupilas; al abrirla descubrio una pandereta naranja y un gorrito de papa Noel. Celeste estaba muy contenta. La anciana aun tenia otra sorpresa, llevaba tiempo sacrificándose para poder comprarle unos regalitos para nochebuena, a ella le hubiera gustado dárselo el día de Reyes como era tradición suya, pero tenia tantas ganas de ver su carita de felicidad al abrir los regalos, que no podía esperar ni un día más. Sabia que le iban a hacer mucha ilusión. La conocía muy bien.
24 de Diciembre de 2006
Amaneció el día de nochebuena, muy blanco, todo cubierto de nieve. Celeste había dormido con el gorrito de papa Noel puesto, estaba tan feliz que no había querido quitárselo. Asomo su pequeña cabecita por la ventana y vio a unos niños jugando en la calle, se tiraban bolas de nieve y hacían muñecos con ella, pero Celeste no podía salir a jugar, su ancianita tenia miedo de dejarla salir. Ambas se sentaron en el sofá para ver una película navideña, en la televisión siempre ponían películas bonitas en navidad. Todo era muy bonito, veía a las familias preparando abundantes cenas; cantando; abriendo regalos… y con esas imágenes se quedo pensativa, la televisión le transmitía siempre una navidad hermosa. De repente, sonó el timbre, y la ancianita la miró con ojos desolados antes de levantarse para abrir, ella tenia miedo de que fuera otra vez su madre, pero la persona que ella vio en el umbral de la puerra, no era su madre ni su abuela, eran dos hombres con rostro serio y que la miraron con ojos fríos, Celeste sintió un escalofrío recorrerle por la espalda. La anciana tenía el rostro pálido, en sus ojos asomaba una expresión de terror que Celeste nunca había visto antes y que le hizo temblar de miedo. Los hombres se acercaron hacia el lugar donde estaba ella, uno de los desconocidos la cogió en brazos y la sacó hacia la calle. Ella no supo por qué motivo se la llevaban, qué sucedía. La anciana comenzó a gritar y a llorar al mismo tiempo, quería asirla entre sus brazos pero no se lo permitieron. Celeste se dio cuenta que la alejaban de su querida ancianita. Hizo fuerza, grito, lloro, pero no sirvió de nada. Esa noche fue la más larga, la anciana se sentó impotente, transcurrían las horas y se sentía incapaz de hacer o decir nada. Había llegado el día de navidad, veía los regalos que tanto sacrificio le había costado comprar. Celeste ya no los iba a abrir con una sonrisa de júbilo, y de hacerlo alguna, vez no le servirían de nada. Las botas rojas con la bufanda y el gorrito a juego quedarían para siempre en el armario.
25 de Diciembre de 2009
Celeste ya no volvió del centro de menores. Su madre había tenido tres hijos más, pero que habían corrido la misma suerte que Celeste, pero con la diferencia que a sus hermanos se los llevaron al nacer. El alcohol y las drogas dejaron huellas profundas en sus pequeños cuerpo. La anciana sigue mirando los regalos envueltos, en espera de que algún día, su pequeña Celeste venga a abrirlos.
Dedicado a Maite.
Noemí Díez Lorenzo.

tengo que felicital a noemi por este hermaso cuento pero al mismo tiempo trite y doloroso ver como niños sufre en esta vida cruer por padres que solo piensa en ellos mismos.Noemi un millon de besos de tu amiga asun.
Noemí tiene unos sentimientos muy profundos, y lo mejor es que los transmite con dulzura.
Gracias Asun por pasarte por aquí.
gracias a las dos, por vuestras palabras, y por hacerme parcicipe de este lugar especial, quiero poner muchas cosas pero no encuentro las palabras adecuadas, asi que os voy a mandar un abrazo de mucha luz en señal de mi pofunda gratitud.
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