La Ofrenda
Os dejo un relato juvenil que escribí para la web Románticas al Horizonte. Es mi primera incursión en este género, aunque mi niña me insiste para que haga una novela con adolescentes como protagonistas. Espero que disfrutéis de su lectura.
Arlette.
La imagen está dibujada por Gine.
LA OFRENDA
El silencio del bosque resultaba acogedor, íntimo e invitaba a la meditación y a las decisiones. Si cerraba los ojos y los mantenía, así, con los párpados apenas unidos en un roce de pestañas, podía escuchar la risa del arroyo. El baile de las hojas vestidas de un color verde intenso sobre su cabeza que murmuraban versos de amor. Sin apenas percatarse, se dilataron sus fosas nasales, y el aroma de la fresca hierba, de los lirios mecidos por la brisa juguetona de la tarde cálida, penetró en el interior de su garganta, se deslizó por sus paredes húmedas, hasta bañarle el alma con el olor dulce de las promesas cumplidas. Alzira alzó su barbilla hacia el cielo claro, y clavó sus pupilas negras en los mapas hermosos del firmamento, en los variados dibujos de las nubes que parecían de algodón suave, y sonrió con la dicha de quien tiene el alma pura, y sabe cuál es su propósito en la vida y va a ejecutarlo en breve. De pronto, el tintineo de cascabeles tras su espalda, hizo que se girara apenas un tercio sobre sí misma para contemplar a sus hermanas que reían con alboroto caminando hacia ella. Miró a Alira y se percató, por primera vez, que el vestido que ella había elegido para la ceremonia, no era el más adecuado. Pero adoraba el rojo, lo consideraba el color de la vida, la pincelada del optimismo, el impulso de la determinación. Alira vestía de un color caramelo a juego con sus ojos dorados. Sus rizos negros se mecían al compás de sus pasos, y ella se alegró de que fuese su hermana mayor y la guardiana de sus deseos. Ahora, se fijó en su hermana pequeña Áurea, que vestida de amarillo parecía la novia del sol. Los mechones rubios de su cabellera, eran de oro bruñido por un amo codicioso. Ambas hermosas. Ambas especiales.
–¡Llegáis tarde!– las apremió. Alira y Áurea pararon sus pasos y la miraron con sorpresa en sus pupilas negras.
–Te supera la impaciencia, hermana, pero comprendo tus prisas, todos los días no se cumplen dieciséis años– le respondió Alira avanzando de nuevo hacia Alzira que estaba de pie en un claro del bosque.
–¿Qué se siente?– Le preguntó Áurea con verdadero interés.
–Imagino que lo mismo que sentirás tú cuando cumplas mi edad– le respondió con una sonrisa dulce en sus labios de cereza.
Las tres hermanas eran hermosas y tenaces, dos años las separaban a cada una. Alira tenía dieciocho años. Áurea catorce y Alzira cumplía esa misma tarde, dieciséis primaveras.
–Apenas se distingue el color de tu pelo con el del vestido– respondió Alira, y Alzira se mordió el labio inferior un tanto preocupada. Alira tenía razón con respecto a su vestimenta, pero ella adoraba ese color, quizás porque los mechones rebeldes de su pelo parecían lenguas de fuego. ¡Color de vida!
–Es mi mejor vestido– respondió apenas en un susurro– me pareció apropiado para la ceremonia– calló de pronto y se quedó un momento pensativa. –¿Me concederá el Don?– Alzira hizo la pregunta con una ceja arqueada, quizás su impaciencia le hacía ser desconfiada, pero había esperado durante tantos meses este momento, y no quería que nada lo estropease.
–Es nuestra señora, no te lo negará– las palabras de su hermana mayor, lograron quitar parte del peso que sostenía sobre sus hombros debido a las dudas.
–¿Estás preparada?– Le preguntó Alira con la frente fruncida. Alzira se mostraba demasiado ansiosa, pero tenía que estar tranquila en el momento que ofreciera el juramento, o la Diosa podría creer que no estaba preparada todavía.
–Después de la promesa, cruzarás la línea y buscarás tu ofrenda. –Alzira cerró los ojos pensando en lo que tenía que encontrar antes de que la línea del alba alcanzase el horizonte.
–¡Es peligroso!– Advirtió Áurea con ojos suspicaces. Alzira la miró sin dejar de sonreír. Era muy gratificante que sus hermanas se preocuparan por ella. La hacía sentirse muy querida. –Recuerda que puedes quedar atrapada.
Un escalofrío la recorrió por entero. El otro lado de la línea podía resultar aterrador, lo sabía muy bien, su madre nunca había regresado del mundo de los humanos.
–Tracemos el círculo y encendamos las velas– apremió Alira.
Áurea comenzó a trazar el mágico círculo con cal y arena, la cal representaba la purificación, la arena, la fuerza del mar. Alira colocó un total de siete velas, velas que encendidas, representaban el dominio de la luz sobre la oscuridad cada noche de la semana. Alzira se colocó en medio del círculo con dos piedras en ambas manos, la piedra negra representaba la noche, la piedra blanca el día. Con los ojos cerrados comenzó a entonar una canción antigua, de las que se transmiten de madre a hija, o a nieta. Alira y Áurea se situaron de forma paralela al círculo y comenzaron a tararear la misma canción con las palmas de sus manos mirando hacia el cielo oscuro.
–Comienza el conjuro y no te repitas– le ordenó Alira con voz firme. Alzira se aclaró la voz y comenzó a recitar las palabras milenarias que le otorgarían la merced de la Diosa.
“En esta noche y a esta hora. Antiguo Poder te llamo ahora. ¡Diosa del Sueño! Divina y Piadosa en merced. ¡Te ruego y clamo ahora para que tu Luz me ilumine! Tengo un deseo que pedirte. Imploro obtener el perfecto Don de la luz en la oscuridad para controlar lo tenebroso. Pido, al Universo infinito, que me preste el poder de todas las correspondencias astrológicas correctas, para que pueda ser parte de esta familia, para obtener mi deseo con tu beneplácito. Por ese motivo atraigo específicamente hacia mí el Don sin afectar a la libre voluntad del Todo, y sin dañar a nadie. Ahora proclamo que este hechizo está hecho. ¡El don es mío!¡De ningún modo este juramento se invertirá, ¡ni impondrá sobre mí ninguna maldición! Como yo quiera, que así sea.
Tras las palabras, el silencio se volvió pesado. Una paloma cruzó el claro del bosque hasta detenerse junto a Alzira con una flor en el pico. Ella sabía que tenía que tomarla y masticarla como si fuese una ofrenda de la Diosa del Sueño. Así lo hizo sin ninguna duda. De pronto, la quietud de los árboles se vio interrumpida por una inesperada ráfaga de aire helado, pero las llamas de las velas, aunque oscilaron de izquierda a derecha, no se apagaron. La Diosa había aprobado la petición.
–¿Está aquí? –Preguntó Alzira con una ceja alzada y con el rostro dirigido hacia su hermana mayor.
–Acaba de marcharse– respondió la mayor. Áurea giró su cabeza rubia buscando a la presencia espiritual.
–Nunca se deja ver.
Con esas palabras, Alira confirmaba las sospechas de Áurea y Alzira.
–¿Ya está?– preguntó la pequeña con ojos como platos. Era la primera vez que asistía a un rito de iniciación en los Dones.
–Ahora tenemos que acompañar a Alzira hasta la línea que separa nuestro mundo del mundo de los humanos. Elegirá su ofrenda y se la traerá a la Diosa. La dejará en el interior del círculo y apagará las velas.
Alzira memorizó, una vez más, cada palabra que pronunciaba su hermana mayor, ¡era tan importante no olvidar los detalles!
–Recuerda…– le dijo Alira con el rostro muy serio. –Una ofrenda fácil, y tuyo será el Don que has solicitado.
Alzira hizo un asentimiento con la cabeza y se dirigió hacia el lago de cristal. El lago era la línea que separaba ambos mundos. El de los humanos, y el de las hadas. Ella quería ser una hada poderosa, pero antes tenía que traer la ofrenda para la Diosa del Sueño. Cada paso que la alejaba de sus hermanas, Alzira lanzaba un suspiro que se volvía quejido por la incertidumbre que la embargaba. Cuando cruzó el lago de cristal, la bruma blanca y espesa, hizo imposible que divisara a Áurea y Alira en el otro lado, pero ya no había vuelta atrás. Agitó sus rizos cobrizos en un intento de despejar sus temores ante lo desconocido, y cuando la barca tocó el muelle la ató a uno de los postes de madera y la dejó semioculta debajo de la pasarela de madera. Si perdía la barca no tendría modo de regresar a su mundo. Asió la capa negra de terciopelo que ayudaría a ocultar el color escandaloso de su vestido en la noche. Agarró la capucha y se cubrió los cabellos con ella, miró hacia la izquierda y hacia la derecha y decidió caminar hacia el frente. Si tenía suerte, podría encontrar su ofrenda muy pronto. Los olores de la ciudad la inundaron por completo hasta marearla. Podía oler el humo de las chimeneas, el hedor del río que dividía la ciudad en dos. La orina que corría por la calle embarrada y sucia. Alzira clavó sus ojos en las casas viejas y ruinosas. La diferencia entre su mundo y éste era abismal, desconcertante, pero contemplarlo hizo más firme su decisión de encontrar su ofrenda para la Diosa y su pueblo. Caminó durante un par de horas sin descanso, sin darse una tregua. Cruzó la plaza de la ermita, el puente romano, y el mercado que seguía sucio de los desechos de la mañana, las cabezas de pescado comenzaban a pudrirse en la basura que habían amontonado en una esquina de la calle. El ruedo de su capa de terciopelo arrastraba algunas piedras y barría los charcos que empapaban la hermosa tela, pero a Alzira no le importó. Seguía buscando entre las calles desiertas y oscuras el objeto de su deseo, y de pronto lo vio. En el rincón más apartado y sucio. En el lugar más inesperado. El cuerpo estaba sentado en el primer escalón de la entrada a una vieja casa abandonada, y supo que su búsqueda había llegado a su fin. Alzira apresuró el paso y se detuvo delante de la niña que, con sus puñitos sucios, se restregaba los ojos como para despejar el sueño. Se fijó en sus ropas andrajosas y raídas, en sus pies descalzos y su pelo enmarañado, pero era la niña más hermosa del mundo.
–Hola– sus los brillantes ojos la miraron con inmensa curiosidad. Alzira calculó que no debía de tener más de tres años, pero era muy difícil saberlo por lo desnutrida que estaba. –Vengo a llevarte a un lugar donde se te va a querer muchísimo. Donde comerás todos los días, y podrás soñar sin pesadillas.
La pequeña se metió el dedo pulgar en su boquita al mismo tiempo que parpadeaba al escuchar las palabras. Alzira sonrió, la pequeña no mostraba miedo, y eso hacía mucho más fácil su tarea.
–Imagino que no tendrás nombre, pero yo te daré uno muy bello que te hará sentir hermosa– Alzira le extendió la mano al mismo tiempo que le ofrecía una sonrisa fraternal y sincera. –Te llamaré Esperanza, ¿te gusta?– La niña ladeó su cabecita de rizos enredados en un gesto pilluelo que hizo que el corazón de Alzira latiera mucho más rápido. –¿Vienes? Prometo cuidarte el resto de tu vida.
La pequeña asió al fin la mano de ella y levantó su escuálido cuerpecito del frío escalón de piedra, comenzó a seguirla con paso inseguro. Alzira no lo dudó ni un momento, la alzó en brazos a pesar de lo sucia que estaba y la arrulló entre sus brazos, y comenzó a tararear una bonita canción de cuna. Cuando ambas llegaron a la parte del lago donde había escondido la barca, la pequeña Esperanza ya se había dormido. Alzira se quitó la capa y formó un pequeño nido con ella obviando la parte mojada, la puso en la parte más segura de la barca y colocó a la niña en su interior, de esa forma la bruma del lago no la enfriaría, y mientras asía los remos con ambas manos y comenzaba moverlos, los ojos de la niña se abrieron pero sin mover su cuerpo del lugar caliente y confortable que ella le había preparado.
–Eres mi ofrenda ¿sabes? Y en un futuro tú tendrás que hacer lo mismo, pero no debes de preocuparte, ocurrirá cuando cumplas los dieciséis años, como yo.
Alzira enfiló la proa de la barca hacia su lado del mundo. Estaba muy feliz, había cumplido su misión mucho más pronto de lo que había imaginado, aunque suspiró con pesar. Encontrar niños abandonados no era nada difícil, todo lo contrario. Las prostitutas los dejaban tirados en las calles. Los orfanatos estaban llenos, y cuando dejaban a infantes en sus puertas, ni siquiera se dignaban a acogerlos, los dejaban para que exhalasen el último aliento en completo abandono. Aquellos que lograban alimentarse de basura y restos podridos, no morían de forma inmediata, pero su agonía se alargaba inhumanamente. ¿Acaso desconocían los humanos los maravillosos seres que eran los niños? Pero en su mundo eran muy apreciados y queridos. Por cada niño que lograban salvar, un hada obtenía su Don, y de esa forma cumplían los deseos de los niños que no se dormían en la muerte en el otro lado. Alzira, gracias a Esperanza, había obtenido su Don. Librar a los niños humanos de las pesadillas que los acosaban por las noches. ¿Se podría pedir mejor deseo? Ella lo dudaba. Esperanza iba a ser muy feliz en su mundo, y ella podría quitar cada noche, las pesadillas de un niño. Le encantaba su Don e iba a hacer buen uso de él.
Arlette Geneve.


Comentar este artículo