Arlette Geneve

Escribir con el corazón

Artículos del septiembre 1st, 2010

sep-1-10

LA VULNERABILIDAD DEL ESPÍRITU

escrito por arlettegeneve

El mar, coqueto como una muchacha hermosa, contempla su reflejo en las lunas de los cristales de los diferentes establecimientos del puerto deportivo, como un abanico de colores en el firmamento oscuro. Noche que se ha vestido de terciopelo negro para seducir. De estrellas de plata que brillan bajo las luces de neón, y acarician la piel tibia de los enamorados. Bellas almas que, escondidas entre sus rincones solitarios, exploran saciar su hambre de afecto. Avidez que les abrasan los intestinos, que los incitan en una continua vorágine para buscar amores, aunque no sean correspondidos. Besos que se olvidan con el paso del tiempo insidioso, contumaz. Como un amante despechado en noches de ofrendas vacías.

El aire de la noche se pasea orgulloso e impregnado del olor del azahar. Los pequeños limoneros bordes, adornan los diferentes maceteros de terracota roja del largo y estrecho paseo del puerto. A lo lejos se ven los barcos amarrados con gruesas cadenas, eslabones pesados que atan los sentimientos y las corazonadas.

Los navíos se mecen entre los brazos amorosos de las olas. Ondas que oscilan sobre la superficie cristalina de un mar de plata, y los acunan en un constante vaivén hasta que besan las rocas macizas y erosionadas en la parte norte que cubre el malecón, para luego apartarlos, como si disfrutara en un juego de acercamiento inacabado y eterno de sueños imposibles.

Entre los barcos amarrados en completo silencio, uno destaca por su eslora y capacidad. Resulta inmenso e intimidante, como la tristeza que llena el alma del peregrino errante. Parece pesado, como los pecados del mundo bajo el cielo inmortal, que agita su furia en las tardes de levante otoñal. Y entre la masa fundida de hierro gris y maleado, un punto blanco resaltaba en la oscuridad, como la luz a la salida de un túnel largo, peligroso. El abismo insondable que ansiamos dejar atrás junto con nuestros miedos más absurdos, pero que nos afanamos en mantener escondidos, como los resultados de una mala decisión tomada en un arrebato pasional. De locura extrema e hiriente.

Siento mi ánimo como el de un lunes sombrío, anda desorientado. Perdido e incluso aturdido. Como si fuese un barco cargado de radiación, y ningún puerto quisiera darle asilo por el peligro nocivo que representa, pero sigo caminando, y a media que avanzo hacia la mancha blanca, puedo vislumbrar el brillo rojo e incandescente de la punta de un cigarrillo que se mueve en la oscuridad húmeda, y espesa de incertidumbre. El color caliente es como la luz de una luciérnaga que se mueve en un campo de flores marchitas, ajadas por el caluroso sol del verano, pero la noctiluca insiste una y otra vez hasta dar con la corola tersa y firme de una de una de las flores, y consigue saciar su sed del néctar escondido. Solamente ofrecido para unos privilegiados; los más persistentes.

Mis pasos disminuyen a medida que la mancha blanca se hace más grande y clara a mis ojos. Pupilas que ya están acostumbradas a la escasa luz de esa parte del puerto. La brisa de verano impregna mis fosas nasales de aromas a especias, alguna desconocida para mí, y cierro mis ojos para que las sensaciones desconocidas pero placenteras, no se marchen en busca de otro transeúnte cauto y dispuesto como yo, a experimentar las sacudidas que nos produce las ansias, y la necesidad de soledad impuesta y no deseada. Escuchó la música lejana de algunos de los cafés del puerto deportivo. Las risas y palabras de algunos de los comensales que se pueden percibir de forma clara en las terrazas bulliciosas, y llenas, a pesar de la hora tardía de la noche.

La mancha blanca se ha girado hacia donde estoy parada, y por instinto cruzo mis brazos al pecho, como si quisiera proteger mi corazón expuesto a una estocada, ya sea física o mental.

¡Somos tan vulnerables de espíritu!

Dudo, durante una décima de segundo, y sopeso darme la vuelta para regresar a la zona más animada del puerto, pero algo detiene mi intención. Contemplo el brillo de unos ojos que apuñalan, como si fuesen dardos lanzados con suma destreza, y envenenados con el deseo más fiero y tenaz. Puedo percibir el suspiro amargo de una boca, que además de alimentar con besos de enamorado, saben acariciar la piel amada y perdida, pero no en mi puerto, quizás en otro más grande y repleto de placeres que dejaron de existir en el mío, hace ya tantas lunas.

Sus pasos firmes y seguros, quedan detenidos a un escaso metro de mi postura solitaria. El resto de su colilla queda tirada a mis pies, y mis ojos siguen el movimiento de su mano al deshacerse de ella. Mano acostumbrada a moverse bajo un sol de justicia que abrasa los intestinos con bocanadas de aire tórrido, pero marinero al fin y al cabo.

Sus ojos, brillantes de expectativas, se clavan en los míos y me producen una descarga de adrenalina que me resulta inesperada, aunque llena de un gozo indescriptible. Su piel caliente me reclama, como si hubiese estado esperando durante mucho tiempo el momento preciso, audaz, pero sé que todas esas sensaciones son fruto de mi imaginación, no educada en los rigores de la paciencia.

Observo con interés su pelo ensortijado, de una tonalidad trigueña. Demasiado largo para tratarse de un marinero. Sus cejas doradas se alzan en un arco perfecto de curiosidad y reconocimiento, que logra que mi estómago se encoja lleno de incertidumbre y dudas.

–Te esperaba– su acento suena desconcertante. Irresistible.

–Lo sé– le respondí con un hilo de voz, y él me mostró una de sus sonrisas. Risas que derriten el corazón más duro y castigado. Gestos que desarman y te dejan un regusto amargo en la boca y en el pensamiento, pero su jovialidad logra penetrar en mi pecho produciéndome un latigazo conocido aunque denostado.

–Siempre te espero.

Sabía lo que venía a continuación, por ese motivo, comencé a dar un paso para continuar mi camino, pero su fuerte brazo detuvo mi impulso y necesidad de alejamiento.

–Permíteme– me dijo sin emoción en la voz. Y mis ojos, como gemas heladas, expresaron la comprensión que ejercían en mi ánimo sus palabras correctas, pero ausentes del significado que he buscado durante toda mi vida.

En esa hora peligrosa de desvelo, el práctico, es sumamente necesario. Cuando un barco llega a puerto, los riesgos de navegación aumentan a la vez que se limitan la capacidad de maniobra del buque. La profundidad del agua disminuye, y el mar esconde peligros que no revela, y que quedan sumergidos por siempre jamás. El espacio se reduce, se llena de obstáculos, aunque durante ese momento transcendental, el tráfico no se concentre en las zonas de paso y riesgo.

Soy el práctico del puerto, sí. Soy un técnico experimentado, mi especialidad es el manejo de los buques, sé controlar las circunstancias locales. Soy quien embarca a bordo cuando llega el barco a las aguas portuarias, y cuando sale de ellas. Conllevo junto al capitán, las tareas de navegación y maniobra. Se me considera un asesor para la dirección náutica del buque en el puerto, pero en ningún caso mi presencia priva al capitán del mando de su nave. Y ¡lástima de mí! Jamás poseeré un navío propio. ¿Puede ser mayor mi desgracia? ¿Puede existir un marinero con el corazón femenino? Por eso, mi arrojo, con la misma intrepidez de un cadáver enterrado, se va perdiendo en la ausencia de los verdugos, carentes de iniciativa.

Y el desdén circula por mis venas por ese capitán, que siempre me espera bajo la pasarela de su poderoso buque, sin sospechar cuánto envidio su suerte, y la ausencia de la mía.

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