Arlette Geneve

Escribir con el corazón

Artículos del octubre, 2010

oct-26-10

Tras las huellas de un sueño….

escrito por arlettegeneve

El mundo de la literatura es maravilloso, porque permite expresar con letras todo lo que uno siente y piensa. También nos da la oportunidad de conocer a otros escritores que nos enriquecen interiormente. Como sabéis, soy una autora Ilicitana, y hoy tengo el placer de presentaros a un autor que conocí de forma muy especial, porque ignoraba que él escribía, y él ignoraba que escribía yo. Y por una conocida en común, llegamos a quedar una tarde para conversar, intercambiar opiniones y lo que nos apasiona; escribir. He tenido el privilegio de leer algunos relatos suyos, y me han gustado enormemente. Su forma de escribir es sencilla, cercana, y me encanta. Pero permitidme que Alfredo os diga algunas palabras para que lo conozcáis mejor.

Adelante Alfredo…

Nací en León en el año 1980. Me licencié en Historia en la Universidad de Alicante y trabajé como becario de investigación y, posteriormente, como investigador contratado en la Universidad de León. Durante este último período publiqué algunos artículos científicos en diferentes revistas especializadas. Mi pasión por la escritura literaria nació de forma repentina, sin yo buscarlo para nada, en mi último año de carrera. La nostalgia hacia la infancia me hizo evocar algunos hechos pasados en una vieja casa de León donde disfrutaba los fines de semana al lado de mis abuelos. Esas vivencias las recogí en un pequeño diario personal. Los siguientes relatos llegaron por necesidad tras la pérdida de mi padre. Mi corazón necesitaba escribir en un papel lo que sentía, tenía que sacar fuera todo mi dolor. Y el simple hecho de ponerme delante de un ordenador y dejar bullir los sentimientos me ayudó a digerir su marcha. Con el relato titulado: el tren de la vida conseguí el 1er premio a nivel nacional en el I Premio de Relatos Cortos sobre la figura del padre (2005), que otorgaba el portal de los universitarios, la página web de Universia. Al cabo de tres años volví a escribir, y entre esos escritos hubo uno con el que conseguí el 3er puesto en el IV Concurso Literario de Cuentos y Relatos Rafael Alberti (2008). Fue un cuento que lleva por título: Volando más alto que los pájaros. En el 2009 fui finalista con el microrrelato Voces Cercanas en el I Premio Algazara de Microrrelatos (2009), el cual se publicó en el libro Cuentos para sonreír de la Editorial Hipálage. En el 2010 he publicado un libro junto con Asprona-León, una Asociación de personas con discapacidad intelectual de León, editado por Everest y titulado: Tras las huellas de un sueño, donde el Camino de Santiago es visto de una forma diferente. En él aparece publicado el cuento Volando más alto que los pájaros. Y actualmente, estoy colaborando con la revista on-line RománticaS.

Muchas gracias Alfredo…

Portada de su libro.

Os dejo uno de sus relatos para que conozcáis su forma de llegar al corazón del lector. Y si deseáis leer el libro que ha publicado, os pongo la dirección de la persona que os atenderá de forma muy amable; Merece la pena, de verdad.

pedro@aspronaleon.org

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oct-18-10

MI NOCHE CON PLANETA

escrito por arlettegeneve

Hay momentos en la vida personal y profesional que nos dejan huella y que recordamos siempre, porque nos aportan sensaciones que aumentan nuestra felicidad, enriquecen nuestro ser interior, y nos hace sentir durante unas horas parte de algo importante y que perdurará en el tiempo. La noche del quince de octubre de 2010, será un recuerdo que guardaré de forma especial porque fui invitada por don José Manuel Lara y el grupo Planeta, a asistir a la cena de gala donde se daría a conocer el finalista y ganador del LIX edición del Premio Planeta de novela 2010.

Desde el mismo momento que recibí la invitación al evento, me embargó una emoción que no puedo describir con palabras, contradictoria afirmación viniendo de una persona que trata de hacerse un hueco precisamente con las letras. Desde mi llegada a Barcelona, el trato fue exquisito, y os puedo asegurar que me entusiasmaba conocer el lugar donde se da vida en forma de papel, a esas maravillosas novelas que nos hacen sentir, reflexionar e incluso posicionarnos en política, ética e incluso en religión.

El edificio que alberga la editorial Planeta, parece y valga la redundancia, de otro planeta, un oasis verde en medio de una urbe de hormigón gris. Las plantas desciende por los balcones y cubren casi la totalidad de la fachada, algo insólito y que me llamó poderosamente la atención, quizás porque me he pasado la mayor parte de mi vida entre planos. Una vez en la recepción del edificio, fui recibida por mi editora, Esther, y que me hizo un regalo que pronto compartiré con vosotros, lo guardé en mi bolso como si fuera un tesoro, ¡lo es! Amablemente nos hizo de guía, y nos enseñó, a mi esposo y a mí, el lugar donde se da forma física a las ilusiones de los autores. Tuve el privilegio de conocer a otros profesionales que trabajan con ella. De veras que fue unos momentos para atesorar, porque esos detalles que pueden parecer insignificantes, para mí resultan imprescindibles, y por ese motivo he querido mencionarlo.

Pero esta crónica no sería propia de Arlette Geneve, sino incluyera en ella, lo horrorosamente mal que lo pasé subida encima de diez centímetros de tacón durante la cena, pero llegaré a ello muy pronto.

El hotel donde nos hospedamos, El princesa Sofía, queda muy cerca del Camp Nou, y del Palacio de Congresos. En recepción nos recibió un comité de bienvenida de Planeta, los ojos ya comenzaron a abrírseme de la sorpresa, dos azafatas muy amables, nos explicaron a qué hora debíamos estar en el vestíbulo y todo lo que necesitábamos saber para la cena de gala. Con la emoción saliendo por mis poros, comenzamos los preparativos, esto que menciono es muy importante porque, si una mujer necesita una hora para maquillarse, yo necesito dos porque soy un desastre a la hora de hacerlo. ¿El motivo? Siempre voy sin maquillar, apenas un poco de carmín en los labios, pero esa noche debía de estar a la altura, o eso al menos pensé yo. Miré los cosméticos con cierto desdén impotente, y mi mano que no tiembla a la hora de trazar una línea, parece un flan de gelatina cuando sostiene el lápiz negro, porque cada vez que trato de usarlo, no trazo una línea en el ojo, no, trazo una autopista alemana. Ahhh, soy un caso perdido, pero Arlette, mujer intrépida y atrevida, en ese momento transcendental de mi vida, recurro a la persona que siempre me saca las castañas del fuego; mi marido, y con mirada de cervatilla tímida, le extiendo el lápiz, cierro los ojos, y ¡voilà! Ya quisiera Penélope Cruz unas líneas en los ojos tan perfectas como las mías.

Llegó la hora de vestirse y me dio una ataque de pánico, ¿y si las invitadas iban de largo? ¿De fiesta? ¿De brillos y lentejuelas? Mi vestido de cóctel era muy sencillo, pero ya no había remedio, así que inspiré, pero todo esto que os describo no es nada comparado al momento supremo de horror que sentí, a la hora de calzarme los zapatos. Esas enormes bocas de lobo con dientes afilados, y que esperaban que introdujera mis pies en ellos para comenzar a devorarlos. Esta confidencia os puede parecer intrascendental, pero para una mujer que está acostumbrada a calzar zapato plano, subirse a cuatro centímetros resulta toda una proeza, y si a esos centímetros le añadimos seis más, el pánico está justificado. Afortunadamente, podía mantener el equilibrio agarrada al brazo de mi marido, porque de otra forma no sé cómo habría salido del percance con el orgullo intacto. Y llegamos al hermoso vestíbulo del hotel que estaba abarrotado de autores que no conocía, a otros sí pero, precariamente alzada como estaba, no me sentía con la suficiente capacidad para moverme e ir a saludarlos sin caer un paso después de culo, y os puedo garantizar que soy incapaz de llamar la atención de una forma tan ignominiosa e indigna como esa.

Una vez que estuvimos todos reunidos, nos condujeron a los autobuses que nos llevaron al Palacio, y una vez allí, se abrió ante mis ojos una larguísima moqueta azul. Una barrera de periodistas, cámaras y fotógrafos que esperaban la llegada de los invitados, y de nuevo me sentí presa de una fobia injustificada. El largo pasillo de unos veinte metros, se extendía de forma interminable hasta el salón previo; mi meta. Iba a ser incapaz de cruzar los pasos de forma honrosa sin tropezar y caer de bruces. Os puedo asegurar que los flashes intimidan muchísimo, y esperé, con premeditación y alevosía para no cruzar la alfombra con alguien muy conocido. Mi marido, ajeno a mi pánico interior, tiraba de mí que me mantenía clavada al suelo sin poder dar un paso hacia delante o hacia atrás. Pero me armé de valor y crucé la alfombra de fuego con un grupo bastante numeroso y que me ocultó por completo, y cuando llegué, respiré con un profundo alivio. Seguía de una sola pieza, con un sobre en la mano; la acreditación. Una copa de cava frío en la otra; el tranquilizante. El bolso; el instrumento básico de cualquier mujer ataviada de gala. Un pañuelo; para limpiarme el sudor frío, y un canapé que ignoro de dónde salió (de la bandeja obvio, pero quién lo puso en mi mano es lo que me desconcierta) algo así demuestra que las mujeres somos capaces de hacer varias cosas al unísono, y que podemos sujetar varios objetos a la vez, bueno, de algo tenía que presumir, ¿verdad?

Durante la siguiente hora me limité a picotear de las diversas bandejas que nos ofrecían los atentos camareros; Sushi (o algo parecido), daditos de queso frito, daditos de salmón marinado, y un largo etc. Entre bocado y sorbo, escuché tras mi espalda a un finalista, por la prensa supe que se trataba de Rafael Yanes Mesa, como yo misma había experimentado lo que significaba ser finalista de un certamen como el Planeta, me decidí a felicitarlo, y tras el saludo inicial, el tiempo se nos fue rápidamente charlando sobre emociones, nervios, y la sensación de sentirse ganador al margen de las votaciones finales, y agradezco infinitamente su charla animada y agradable porque, durante unos minutos, logró que olvidara que estaba subida a una montaña rusa que las mujeres, inocentemente, llamamos tacones.

Felicité a Espido Freire, que ya me había revelado anteriormente de qué color era su vestido, pero que dudaba sobre el color de los zapatos, si amarillos o fucsia, y me alegré de verla calzada con estos últimos, nos hicimos un par de fotos antes de la cena y que he prometido enviarle porque me comentó que no se había traído su cámara, aunque por la cantidad de fotos que le hicieron los periodistas, dudo que le hiciera falta.

Una vez en el enorme salón donde estaban dispuestas las mesas redondas, buscamos la nuestra, la 59, que estaba ubicada a la izquierda del escenario, y una vez sentados conocí a varios autores publicados, ainsss estaba en mi salsa, íbamos a hablar de protagonistas cachas rebuenos de la muerte pero, ingenua de mí, ignoraba que estaba suspendida junto a una bomba emocional; cuatro sicólogos y una siquiatra…. Acojona heeeee. Uf, salí ilesa de milagro. Me reí mucho con Walter Riso, tiene un sentido del humor extraordinario, y me encontré brindando por los amores altamente peligrosos, por cierto os revelo un detalle, le he pedido a la esposa de Walter su permiso para utilizar su nombre en una de mis novelas, me encanta, Iris Luna, precioso ¿verdad? También conocí a Alicia Banderas que enriqueció con sus comentarios la velada, y otros dos compañeros, tan discretos, que apenas parecían que estaban con nosotros, pero aportaron con sus frases inteligentes la nota de equilibrio para que todo transcurriera plácidamente. Laura, directora editorial, fue ocurrente, divertida, nos hizo sentir a todos integrados, partes iguales de un mismo fruto, como si no fuese la primera vez que nos veíamos, aunque debo hacer mención especial a mi querida editora, Esther Escoriza, que no pudo estar en la cena y fue como si me faltara algo, el punto de unión para una velada perfecta.

Se desveló la finalista; Carmen Amoraga, y el ganador, Eduardo Mendoza.

Y tras el brindis final, nos marchamos del Palacio a un Pub Vip donde Planeta nos invitaba a una última copa antes de retirarnos.

Pero ya no podía más. Mis pies los sentía mordidos, arañados, y el sufrimiento que les estaba ocasionando, me remordía la conciencia, por ese motivo, y por la secreta oscuridad que brindaba el local, saqué mis chanclas de la suerte que siempre llevo en el bolso cuando acudo a un evento, boda, bautizo, etc, y me descalcé. Me daba vergüenza, lo admito, bajé diez centímetros de glamour, y decidí pegarme a la pared para tratar de pasar desapercibida, pero para sorpresa mía, cuando Iris Luna y Alicia vieron mi cara de placer, ellas también se descalzaron, ahora no sentía alivio sino una gran incredulidad, pero comenzamos a reírnos al unísono y continuamos la charla hasta que decidimos retirarnos.

Resultó maravilloso. Especial, uno de esos momentos que no se olvidan porque se convierten en únicos. Fue un enorme privilegio asistir a un evento tan importante y confío en volver a experimentarlo una próxima vez.

Arlette.

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