Arlette Geneve

Escribir con el corazón

Artículos del mayo, 2011

may-2-11

Escuchando en silencio

escrito por arlettegeneve

Desafortunadamente no he conocido a mis abuelos. Ni paternos, ni maternos. Y para una persona que valora infinitamente la familia como yo, esa circunstancia siempre me ha producido una cierta ausencia, un vacío inexacto. Algo difícil de explicar.

Afortunadamente tengo dos hermanas mayores que sí han tenido el enorme privilegio de conocer a mis abuelas: Dolores y Ángeles. Y, gracias a ellas, puedo escuchar y atesorar diversos cuentos que hacen las delicias de los niños en general y que son inquietos, curiosos. Ansiosos por conocer y aprender.

Gracias mamá, porque tus cuentos son diferentes y muy importantes para mí, aunque hoy pretendo hacer un pequeño homenaje a tu madre, mi abuela María Dolores.

Gracias tata Ángeles, gracias tata Lola.

Sí, dos de mis dos hermanas mayores llevan los nombres de mis abuelitas, y casi creo que las conozco e imagino como eran, gracias a ellas.

La persona que ha cogido la mano de su abuelita, visto su sonrisa, es posible que ignore sobre lo que estoy hablando, pero no por ello me vence el desánimo o la apatía, todo lo contrario. Mi familia ha sabido legarme lo más importante de ellas y que perdurará en el tiempo: sus palabras.

Mi hermana Ángeles me cuenta, que muchas tardes, nuestra abuela le contaba hermosos cuentos que la mantenían en vilo, y hoy, un día después del día de la madre, he decidido compartir uno con vosotros, e incluso es posible que un día decida hacer una antología sobre ellos.

Si los narro, siento que estoy muy cerca de mis abuelas, casi como si estuvieran al lado mío sonriéndome. Dándome esa caricia que toda niña necesita y ansía.

Disfrutad conmigo de los cuentos de mis abuelitas….

Cuento: La abuelita más vieja y hermosa del mundo.

Autor: Abuelita Ángeles.

Había una doncella, tan linda y hermosa que producía pavor mirarla por si acaso desaparecía de la vista. Y era tan especial en su mundo, que todos la querían. Pero esa doncella estaba en un reino lejano, donde gobernaba un Sultán poderoso, y la mantenía prisionera en una jaula de oro, y la llave, pequeña e inalcanzable, siempre iba colgada de una cadena en el cuello del Sultán. Era tan hermosa, que jamás permitía que ningunos ojos salvo los suyos, la contemplaran. Y para evitar que nadie se acercara a ella, la mantenía prisionera con un encantamiento. Gracias a hechizos desconocidos para los mortales, la había convertido en una viejita muy fea, y de ese modo se aseguraba que ningún otro hombre pudiera enamorarse de ella. El temor más encarnizado del Sultán. Y el Emir, no contento con el encantamiento de su persona, hizo algo más para mantenerla prisionera, la rodeó de un jardín mágico. Su encantamiento era tan especial que el mismo Sultán desconocía las claves para deshacer el encantamiento. En el centro de tan bello jardín, había un melocotonero. La piel de los frutos, eran de oro fino, y tan singulares que tenían hasta la facultad de la palabra. Y el mismo árbol frondoso brillaba con luz propia en la presencia de la doncella.

Una tarde, de esas donde el sol se muestra perezoso para marcharse. Una tarde de esas, donde las flores coquetas despliegan todo su esplendor, el destino jugó a las cartas con el amor y la fatalidad. Esa tarde de principios de verano, un joven caballero valiente y campeador como pocos, cometió la osadía de dar por cierta la canción que había escuchado de un trovador “La leyenda”. La hermosa cristiana que el Sultán, impío de la fe, mantenía cautiva bajo un hechizo poderoso que solo el amor verdadero podía romper. El cristiano, defensor de los oprimidos. Salvador de doncellas, decidió que tal beldad tenía que ser rescatada. Pero lo que el caballero ignoraba era que el Sultán, enemigo de su fe, le había hecho un encantamiento a la doncella para convertirla en un ser horrible y carente de atractivo. Un ser sin gracia alguna, y custodiada por cuatro guardianes fieles a su Emir. Cuando el valiente retador su presentó ante la corte del Sultán para inquirir sobre la doncella cristiana, recibió a cambio burlas y mofas de parte de todos, y el Sultán, hombre confiado y pendenciero, le permitió vislumbrar la belleza de corazón de la doncella cautiva. El campeador, noble y bondadoso, juró que liberaría a la dama por más impedimentos que encontrara en el camino, y el Sultán, hombre vanidoso pertinaz, le pidió que realizara tres pruebas si quería obtener la liberación de ella. El caballero se imaginó la trampa, pero su corazón había sido acariciado por la belleza espiritual de la muchacha, y decidió que el riesgo de perder su propia vida, merecía la pena.

La primera prueba consistía en encontrar una pluma roja, la que tenía en la cola un pavo real que vivía en un jardín tan lejano, que alcanzarlo era poco menos que imposible. El Sultán le explicó que el ave era muy especial. Sus lágrimas eran diamantes que curaban toda clase de enfermedades, incluso la vejez.

El caballero no se amedrentó por la dificultad de la búsqueda. Empleó días y noches buscando al ave que tenía la facultad de llorar gemas que curaban. Y no durmió, y no comió hasta que logró dar con ella, y esperó con infinita paciencia a que el ave estuviera dormida, y entonces le arrancó la pluma de fuego que tenía en la cola, y el ave lloró por el dolor que le produjo la agresión inesperada. Pero el caballero, con suma inteligencia, recogió las dos lágrimas de diamante en un pañuelo de batista y las guardó con celo.

Pero al Sultán no le agradó en absoluto que el caballero hubiera tenido éxito en la misión, y confió que en la siguiente prueba caería vencido. Derrotado. Tenía que ir hasta una posada que regentaba un gigante, y quitarle un saco de arpillera que tenía la facultad de conceder todo lo que uno anhelaba. Pero el gigante, terrorífico y siniestro, causaba un temor tan real y profundo, que incluso el guerrero más osado, caía rendido a sus pies. Pero el caballero, inteligente y sagaz, llegó a la posada como un cliente más. Comió, jugó y rió con otros hombres menos osados que trataban de olvidar, entre esas paredes húmedas, lo difícil que era la vida y las desilusiones del amor. El Campeador, consciente de lo que quería, invitó al gigante, dueño de la posada, a que degustara un vino especial que había traído de reinos tan lejanos, como Aragón.

Y el vino, sabroso como pocos, y con un aroma irresistible, relajaba los músculos, embotaba los sentidos, y el gigante sucumbió a su hechizo milenario. Cayó en un estado de sopor profundo, tanto, que no se percató cuando el caballero le sustrajo el saco que tenía anudado al cinto con una cuerda de esparto. Cuando el Sultán supo de la hazaña del cristiano, montó en una cólera resabiada, pero volvió a confiar en la tercera y última prueba que tendría que superar y que no lograría. El caballero, orgulloso de sus logros y de las dos pruebas superadas, le pidió al Sultán que le permitiera ver el rostro de la grácil doncella, y el Emir lo complació. Cuando la mujer llegó hasta la presencia de ambos hombres ataviada con un velo que le cubría el rostro, se inclinó con gran respeto en una reverencia digna de una reina. El valiente descubrió el rostro de la doncella, y al hacerlo contempló un rostro tan envejecido que le produjo un sobresalto en el espíritu.

Pero el Sultán quería verlo sufrir, y recitando un encantamiento, el rostro de la mujer recobró la tersura y suavidad de la juventud. Y era tan hermosa y embriagadora, que el corazón masculino comenzó a dar saltos peligrosos dentro de su pecho. Pero unos instantes después, el Sultán recitó unas palabras ininteligibles para él, y la mujer volvió a ser la misma anciana de siempre.

Pero al caballero no le importó su apariencia encantada. Había sentido por ella, una llama que lo quemaba por dentro, y supo que estaba irremediablemente enamorado.

La última prueba, la más difícil de todas, consistía en bañarse dentro de unas tinajas de aceite. En la primera tinaja, el aceite estaba templado. En la segunda caliente, y en la tercera, el aceite estaba hirviendo. Ningún caballero cristiano o musulmán, había resistido la última prueba. Todos habían terminado abrasados por completo. Y el caballero, consciente que no podría salir con vida de la tercera tinaja, se encomendó con una oración a su Creador, y trató de conmover con su propuesta al Sultán. Le pidió, que si moría, ante el valor de su sacrificio, liberase a la cautiva. Durante toda la noche antes de la prueba. Meditó y rezó para que el valor no lo abandonara. Y cuando estuvo agotado de espíritu, salió al jardín del palacio para seguir meditando en el sacrificio que tendría lugar a la mañana siguiente. Sin querer ni pretenderlo, sus pasos lo llevaron al lugar donde estaba escondida la jaula de oro, aunque no la vio. Junto a la jaula había una fuente de la que emanaba un chorro de agua que brillaba como si fueran rayos de luna. Una voz en su cabeza le instaba a que se mojara en la fuente brillante, de forma insistente, continua, pero lo que el caballero ignoraba por completo, era que la anciana, murmuraba la orden en una plegaria nacida de lo más profundo de su corazón. Y sin poder detener los impulsos que lo acuciaban, dirigió sus pasos hacia la fuente hermosa e introdujo los dedos en el agua cristalina. Al momento, se quedaron impregnados de motitas que brillaban como la plata. El caballero se introdujo por completo en la fuente. No dejó ni uno de sus cabellos sin humedecer, y en un acto impulsivo, buscó una bota, la vació de vino, y tras enjuagarla, la llenó por completo del agua que parecía tener vida. Satisfecho con el baño, decidió regresar a su alcoba, pero cogió un camino diferente que lo llevó al melocotonero de frutos dorados. El árbol, cuando el caballero pasó a su lado, le susurró con voz melodiosa, “Coge dos frutos, los necesitarás”. El campeador no supo qué lo llevó a cogerlos, pero los guardó en su regazo.

Cuando amaneció el día decisivo, el rostro del caballero mostraba serenidad. El Sultán lo llevó a la primera tinaja, el muchacho se metió en ella, y salió ileso. En la segunda también, pero la tercera, con el humo subiendo hasta el techo de la cueva, le arrancó al Sultán una sonrisa complaciente. El joven caballero se introdujo en ella y salió ileso. El Sultán, asombrado de su hazaña y creyendo que el aceite no estaba lo suficientemente caliente, empujó a uno de sus soldados, y contempló con estupor cómo se quemaba vivo. Y juró, que durante la noche siguiente, ordenaría que lo matasen. Ni loco pensaba pagar la deuda contraída. La doncella se iba a quedar por siempre en su reino, y ningún caballero cristiano podría cambiar esa circunstancia.

Pero antes de que cayese la noche cerrada, y el gallo diera el primer canto, el caballero sacó la llave del saco que tenía a buen recaudo, y abrió la puerta de la jaula donde estaba encerrada la doncella convertida en anciana. Huyeron del palacio saltando uno de los muros. Escondiéndose entre la maleza y los árboles, y llegaron a un río de lava que no podrían cruzar sin abrasarse. El caballero recordó el agua de vida que había guardado en la bota de piel, y roció con ella el cuerpo de la doncella y el suyo propio. La alzó en brazos y con grandes pasos cruzó el río de lava hasta el otro lado: El lado cristiano y símbolo de la libertad.

Tras duras jornadas caminando, llegaron a una montaña que reverdecía en la premura de la mañana, y ambos supieron que habían alcanzado el hogar ansiado. Decidieron hacer un alto y saciar un poco el hambre que los atosigaba. El caballero sacó los dos melocotones que había cogido del árbol del jardín y le ofreció uno a ella. Y cuando la doncella le dio el primer mordisco, sintió como si un fuego interior la recorriera por entero y quemara los años que había pasado en esclavitud. El caballero no se perdió detalle de la transformación de la mujer, que a sus ojos, se convertía en la más hermosa de todas. Y cuando ella fue consciente de que volvía a ser la misma muchacha de siempre, se arrodilló ante el caballero en una reverencia nacida de lo más profundo del corazón. Asió la mano masculina y la besó con fruición, con una gratitud que conmovía el alma. Y el caballero se casó con ella, y la llevó con gran felicidad hasta su reino para presentarla al rey, su padre. Y fueron por siempre felices y comieron perdices.

Ahora, siempre me he preguntado, para qué servía las dos lágrimas de diamantes que había cogido el caballero en un pañuelo, pero mi hermana nunca me lo reveló…;)

He tratado de ser lo más fiel en palabras en la forma de relatarlo mi hermana, espero haber cumplido mi objetivo.

Arlette.

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