Arlette Geneve

Escribir con el corazón

sep-1-10

LA VULNERABILIDAD DEL ESPÍRITU

escrito por arlettegeneve

El mar, coqueto como una muchacha hermosa, contempla su reflejo en las lunas de los cristales de los diferentes establecimientos del puerto deportivo, como un abanico de colores en el firmamento oscuro. Noche que se ha vestido de terciopelo negro para seducir. De estrellas de plata que brillan bajo las luces de neón, y acarician la piel tibia de los enamorados. Bellas almas que, escondidas entre sus rincones solitarios, exploran saciar su hambre de afecto. Avidez que les abrasan los intestinos, que los incitan en una continua vorágine para buscar amores, aunque no sean correspondidos. Besos que se olvidan con el paso del tiempo insidioso, contumaz. Como un amante despechado en noches de ofrendas vacías.

El aire de la noche se pasea orgulloso e impregnado del olor del azahar. Los pequeños limoneros bordes, adornan los diferentes maceteros de terracota roja del largo y estrecho paseo del puerto. A lo lejos se ven los barcos amarrados con gruesas cadenas, eslabones pesados que atan los sentimientos y las corazonadas.

Los navíos se mecen entre los brazos amorosos de las olas. Ondas que oscilan sobre la superficie cristalina de un mar de plata, y los acunan en un constante vaivén hasta que besan las rocas macizas y erosionadas en la parte norte que cubre el malecón, para luego apartarlos, como si disfrutara en un juego de acercamiento inacabado y eterno de sueños imposibles.

Entre los barcos amarrados en completo silencio, uno destaca por su eslora y capacidad. Resulta inmenso e intimidante, como la tristeza que llena el alma del peregrino errante. Parece pesado, como los pecados del mundo bajo el cielo inmortal, que agita su furia en las tardes de levante otoñal. Y entre la masa fundida de hierro gris y maleado, un punto blanco resaltaba en la oscuridad, como la luz a la salida de un túnel largo, peligroso. El abismo insondable que ansiamos dejar atrás junto con nuestros miedos más absurdos, pero que nos afanamos en mantener escondidos, como los resultados de una mala decisión tomada en un arrebato pasional. De locura extrema e hiriente.

Siento mi ánimo como el de un lunes sombrío, anda desorientado. Perdido e incluso aturdido. Como si fuese un barco cargado de radiación, y ningún puerto quisiera darle asilo por el peligro nocivo que representa, pero sigo caminando, y a media que avanzo hacia la mancha blanca, puedo vislumbrar el brillo rojo e incandescente de la punta de un cigarrillo que se mueve en la oscuridad húmeda, y espesa de incertidumbre. El color caliente es como la luz de una luciérnaga que se mueve en un campo de flores marchitas, ajadas por el caluroso sol del verano, pero la noctiluca insiste una y otra vez hasta dar con la corola tersa y firme de una de una de las flores, y consigue saciar su sed del néctar escondido. Solamente ofrecido para unos privilegiados; los más persistentes.

Mis pasos disminuyen a medida que la mancha blanca se hace más grande y clara a mis ojos. Pupilas que ya están acostumbradas a la escasa luz de esa parte del puerto. La brisa de verano impregna mis fosas nasales de aromas a especias, alguna desconocida para mí, y cierro mis ojos para que las sensaciones desconocidas pero placenteras, no se marchen en busca de otro transeúnte cauto y dispuesto como yo, a experimentar las sacudidas que nos produce las ansias, y la necesidad de soledad impuesta y no deseada. Escuchó la música lejana de algunos de los cafés del puerto deportivo. Las risas y palabras de algunos de los comensales que se pueden percibir de forma clara en las terrazas bulliciosas, y llenas, a pesar de la hora tardía de la noche.

La mancha blanca se ha girado hacia donde estoy parada, y por instinto cruzo mis brazos al pecho, como si quisiera proteger mi corazón expuesto a una estocada, ya sea física o mental.

¡Somos tan vulnerables de espíritu!

Dudo, durante una décima de segundo, y sopeso darme la vuelta para regresar a la zona más animada del puerto, pero algo detiene mi intención. Contemplo el brillo de unos ojos que apuñalan, como si fuesen dardos lanzados con suma destreza, y envenenados con el deseo más fiero y tenaz. Puedo percibir el suspiro amargo de una boca, que además de alimentar con besos de enamorado, saben acariciar la piel amada y perdida, pero no en mi puerto, quizás en otro más grande y repleto de placeres que dejaron de existir en el mío, hace ya tantas lunas.

Sus pasos firmes y seguros, quedan detenidos a un escaso metro de mi postura solitaria. El resto de su colilla queda tirada a mis pies, y mis ojos siguen el movimiento de su mano al deshacerse de ella. Mano acostumbrada a moverse bajo un sol de justicia que abrasa los intestinos con bocanadas de aire tórrido, pero marinero al fin y al cabo.

Sus ojos, brillantes de expectativas, se clavan en los míos y me producen una descarga de adrenalina que me resulta inesperada, aunque llena de un gozo indescriptible. Su piel caliente me reclama, como si hubiese estado esperando durante mucho tiempo el momento preciso, audaz, pero sé que todas esas sensaciones son fruto de mi imaginación, no educada en los rigores de la paciencia.

Observo con interés su pelo ensortijado, de una tonalidad trigueña. Demasiado largo para tratarse de un marinero. Sus cejas doradas se alzan en un arco perfecto de curiosidad y reconocimiento, que logra que mi estómago se encoja lleno de incertidumbre y dudas.

–Te esperaba– su acento suena desconcertante. Irresistible.

–Lo sé– le respondí con un hilo de voz, y él me mostró una de sus sonrisas. Risas que derriten el corazón más duro y castigado. Gestos que desarman y te dejan un regusto amargo en la boca y en el pensamiento, pero su jovialidad logra penetrar en mi pecho produciéndome un latigazo conocido aunque denostado.

–Siempre te espero.

Sabía lo que venía a continuación, por ese motivo, comencé a dar un paso para continuar mi camino, pero su fuerte brazo detuvo mi impulso y necesidad de alejamiento.

–Permíteme– me dijo sin emoción en la voz. Y mis ojos, como gemas heladas, expresaron la comprensión que ejercían en mi ánimo sus palabras correctas, pero ausentes del significado que he buscado durante toda mi vida.

En esa hora peligrosa de desvelo, el práctico, es sumamente necesario. Cuando un barco llega a puerto, los riesgos de navegación aumentan a la vez que se limitan la capacidad de maniobra del buque. La profundidad del agua disminuye, y el mar esconde peligros que no revela, y que quedan sumergidos por siempre jamás. El espacio se reduce, se llena de obstáculos, aunque durante ese momento transcendental, el tráfico no se concentre en las zonas de paso y riesgo.

Soy el práctico del puerto, sí. Soy un técnico experimentado, mi especialidad es el manejo de los buques, sé controlar las circunstancias locales. Soy quien embarca a bordo cuando llega el barco a las aguas portuarias, y cuando sale de ellas. Conllevo junto al capitán, las tareas de navegación y maniobra. Se me considera un asesor para la dirección náutica del buque en el puerto, pero en ningún caso mi presencia priva al capitán del mando de su nave. Y ¡lástima de mí! Jamás poseeré un navío propio. ¿Puede ser mayor mi desgracia? ¿Puede existir un marinero con el corazón femenino? Por eso, mi arrojo, con la misma intrepidez de un cadáver enterrado, se va perdiendo en la ausencia de los verdugos, carentes de iniciativa.

Y el desdén circula por mis venas por ese capitán, que siempre me espera bajo la pasarela de su poderoso buque, sin sospechar cuánto envidio su suerte, y la ausencia de la mía.

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jul-23-10

Escribir con el corazón.

escrito por arlettegeneve

ESCRIBIR CON EL CORAZÓN

Hago esta entrada por petición de una amiga mía a la que quiero mucho. Ella me ha empujado a decidirme, cree que puedo dar algún consejo válido sobre la forma particular de ver y participar en el mundo de la literatura. Que mis palabras pueden servir de ayuda a la hora de presentarse a un concurso literario.

Y con esta breve entrada, confío en responder a las numerosas preguntas llegadas desde muchos puntos diferentes de la geografía española, sobre este tema.

¿Qué hacer para presentar una obra a un concurso literario?

Ante todo quiero dejar constancia que no estoy cualificada ni tengo la madurez necesaria para emitir un juicio imparcial sobre los concursos literarios. No es suficiente que haya ganado uno, o que haya quedado finalista en otros. Tampoco tener publicadas varias novelas y relatos… No, no estoy cualificada, ni creo que lo esté nunca. ¿Queréis saber el motivo?

Si fuese jurado en un concurso literario, puntuaría con el corazón y no con la cabeza, y algo así no es políticamente correcto en este mundo de las letras. Pero yo os quiero hablar precisamente del corazón y no de la cabeza a la hora de hacerlo. ¿Queréis el consejo que me aplico a mí misma cuando me presento a un concurso?

En primer lugar… ¿Pensáis que es fácil? No lo es, si creéis lo contrario, entonces intentadlo, pero hacedlo y no con la cabeza. ¿Qué significan mis palabras? Que habrá jurados que valoran que cada guión esté en su lugar correspondiente. Que no haya ni la más mínima falta de ortografía, sea guión, coma, o un largo etc, pero quiero que os hagáis una pregunta, esas novelas perfectamente redactadas y presentadas, ¿tendrían alma? ¿Vida?… Meditad porque es muy importante.

Un joven de doce años podría hacer una redacción perfecta, pero una novela debe de contener algo más que eso, mucho más.

He leído historias perfectamente escritas, y reitero mi opinión al respecto, parecen redacciones de colegio y podrían llevarse una matricula de honor como nota, pero son redacciones que no conmueven, no hacen que tu corazón se sobresalte, se acelere. Que tus ojos se llenen de lágrimas, que tus labios se amplíen en una sonrisa… no, escribir dominando los signos de puntuación, los tiempos verbales, no es suficiente. Yo necesito que el autor me lleve de la mano por cada una de las emociones que ha tramado desde el principio. Que me sorprenda, que no me lo de todo masticado como si fuese un bebé, porque no lo soy. Y me rindo ante una historia tejida con manos que sufren cuando escriben, de ojos que lloran cuando desnudan sentimientos, de bocas que sonríen de placer ante un acto inesperado pero ansiado del protagonista.

Sí, todo eso y más.

Cuando estoy inmersa en una historia apasionante, ni me fijo en la coma que falta, o el punto despistado, ni en la palabra siento por sentí, no, me recreo en cada uno de las cualidades humanas que esas líneas me trasmiten, la vida que contienen. Y estas palabras no son una apología hacia las novelas mal escritas, peor corregidas, no, estas palabras son un ensalzamiento a los sentimientos, al alma que debe de tener toda historia cuando ha sido ideada con el corazón henchido de ilusión. Cuando se escribe con amor hacia lo que se hace, al margen de que esté perfectamente redactado para que cumpla las normas de un determinado concurso.

Y estoy convencida que hay jurados que saben valorar lo que he tratado de transmitir con mis palabras. Que se rinden ante una historia conmovedora e intensa. O como ya he dicho antes, llena de vida.

Por eso, si escribes, hazlo con el corazón, porque ese órgano maravilloso no tiene manos para sostener un bolígrafo, ni dedos para teclear, pero sí sostiene los sentimientos más maravillosos, y que nos definen como personas. Si decides presentarte a un concurso, hazlo desde el corazón.

Arlette.

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jul-8-10

Reseña de una presentación conjunta.

escrito por arlettegeneve

Siempre es motivo de orgullo tener conocimiento de que un nuevo autor logra meter la cabeza en este mundo difícil de la literatura.

Cuando supe que mi amiga Claudia Velasco publicaba con el sello RBA, di saltos de alegría, me emocioné mucho porque es una mujer valiente, constante, y nunca se da por vencida. Su novela, El medallón de los Lancaster, es un top ventas.

En la feria del libro de Madrid, me comentó que presentaba su novela (RBA ha comprado los derechos a su editorial Argentina Vestales) y sufrí una emoción tan inmensa que me propuse estar con ella. Ser partícipe de su alegría, y Claudia me hizo el honor de permitirme ser la presentadora. Mi querida amiga, esos detalles son los que hacen grandes a los escritores.

Pero mi sorpresa fue mayúscula porque lo hacía conjuntamente con otra autora nueva y desconocida, María Jesús Sánchez, con una novela atrevida, pero muy bien documentada. Ha sido un verdadero gozo leerla. Los que me conocen saben que no me gusta leer paranormal, porque tengo la manía de querer leer historias serías, rigurosas, y María Jesús barrió mis prejuicios de una forma asombrosa. Su historia está ambientada en Madrid, con personajes complejos y sufridores, y ha resultado un soplo de aire fresco en  una temática que considero lejana. Su novela; Después de ti, nadie, es muy recomendable, con esos toques de misterio, poder, y sensualidad que gusta a todo amante de la buena literatura.

La presentación de las autoras; Claudia Velasco y María Jesús Sánchez, fue todo un éxito. La sala estaba llena, el ambiente distendido, amigable, y con muchos invitados con ganas de participar en el posterior coloquio. Y lo hicieron sin prejuicios, sin importar el género, y me reí con algunas de las conclusiones de Claudia, que aunque tímida, brillo, como un faro en la noche oscura.

Ambas autoras demostraron una profesionalidad digna de mención, respondiendo preguntas muy controvertidas, y de forma tan sutil y elegante que no me queda otro remedio que quitarme el sombrero ante ellas.

Resultó diferente y prometedor, escuchar sus explicaciones sobre la dificultad que tiene los autores para publicar hoy día, pero confío con todo mi corazón que cambie para las futuras promesas de este arte y que esperan el momento preciso para mostrar todo lo que tienen que decir sobre la literatura.


Ha sido un gran honor participar de su alegría en ese día memorable.

Y como la última foto me parece tan simpática, (jamás hubiese esperado firmar un libro de mi cosecha, cuando no era yo la que presentaba) que he decidido ponerla como un guiño gracioso.

Claudia, María Jesús, gracias por ese momento inolvidable.

Arlette.

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jun-1-10

Crónica de una firma anunciada.

escrito por arlettegeneve

El viernes por la noche, el sueño se burlaba de mí alentado por mi nerviosismo viajero. Dieron las doce pasadas cuando recordé que no había echado el abanico en la bolsa, pero no le di importancia. Madrid suele sorprender con frío o calor cuando menos te lo esperas.

El viaje de ida fue entretenido, llegamos al Parque del Retiro sobre las once y media de la mañana. Busqué el stand 102 mientras observaba a los paseantes que ya llevaban sus bolsas con algunas compras, algunos son muy madrugadores. Tenía mi sitio preparado, con mi libro reposando entre otros muchos que ignoraban de qué eran o a qué género pertenecían, pero cuál fue mi sorpresa cuando me percaté, poco después, que una gran mayoría trataban sobre el Feng Shui, Zen, Psicología!!… varios posibles lectores cogían “La última cita” alentados por el título, creo yo. La frase de la novela que la define, “Lo peor de enamorarte de tu sicólogo, es que sabe demasiado” arrancó más de una sonrisa, pero la anécdota viene porque un sicólogo de verdad, supe nada más verlo que pertenecía al gremio, hizo algunos comentarios a una mujer (que lo acompañaba) sobre varios de ellos, hasta detenerse en el mío. Le hizo gracia y se soltó, e ignoraba que la autora estaba allí sin perderme detalle de todo lo que decía. Os podéis imaginar el apuro que pasó la encargada del stand al creer que podía ofenderme, pero creo que si algo me define como persona es el sentido del humor, y ni corta ni perezosa le respondí, al supuesto sicólogo, que si una mujer leía “La última cita”, no volvería a ver al hombre que ejercía tal profesión de la misma manera. Aún con la sonrisa en los labios me preguntó si era sicóloga, negué una vez , me preguntó entonces si era paciente, volví a negar y cuando alzó una ceja por la sorpresa, le respondí, “puedo ser lo que quiera”. Tras un instante, volvió a sonreír y la mujer que lo acompañaba, medio lo arrastró hacia la otra parte del stand. Hubiese podido estar toda la mañana hablando con él, me superaban las ganas de preguntarle sobre una teoría que tengo…. Pero sigo con mi crónica, firmé más libros de los que pensaba, ignoro si los lectores creerían que mi novela era un manual sobre; cómo no tener nunca una última cita; cómo enfrentarse a una última cita, o la cita del encuentro con Dios en el cielo. Todavía me río cuando lo recuerdo…;)

En el intermedio, tuve el privilegio de almorzar con dos autoras fantásticas, Claudia Velasco y Raquel Rodrein, una tercera, Nieves Hidalgo, como siempre anda con menos tiempo que el conejo de Alicia en el país de las maravillas, no pudo estar con nosotras, sí Nieves esto es una queja como la copa de un pino….;) Durante las tapas y la cerveza, compartimos muchas anécdotas, es increíble lo que sabe Claudia sobre los famosos, pero Raquel y yo nos reservamos la información confidencial que nos reveló sobre Leónidas, hicimos un pacto de silencio…;)

Por la tarde firmaba en el stand 249 que resultó el 250, de Planeta, y no os podéis imaginar lo amables y atentos que son. Acostumbrada como estaba a firmar sobre un taburete, la silla negra me pareció cómoda y elegante, hasta que me senté y comprobé horrorizada que el mostrador me llegaba a la altura del cuello, y mis libros me tapaban hasta los ojos. El apuro del encargado fue de sobresaliente, pero acostumbrado a solventar inconvenientes, buscó una caja lo suficientemente fuerte para que me sentase sobre ella, y efectivamente, alcancé la altura necesaria para firmar con comodidad, aunque tengo que mencionar que mantener el equilibrio subida a una caja subida a una silla, fue algo que no olvidaré en mucho tiempo, pero como suele decir el refranero español, “mal de muchos, consuelo de tontos” el escritor que firmaba a mi derecha, ¡también estaba sentado sobre una caja sobre una silla!… y entre firma y firma me preguntaba “¿sobre qué autor y obra está sentado el culo de Arlette?” No podía aguantar la risa, pero luego pensé que el otro escritor podía estar sentado sobre mi Carcelero, y las ganas de levantarlo para comprobarlo casi me vencieron, pero hice acopio de todas mis fuerzas y mantuve el tipo durante toda la firma, pero sin dejar de pensar en ello. Bueno, otra anécdota es que mi cartel se perdió, y como era la única autora que no tenía cartel ni foto, los lectores me preguntaban directamente a mí cuánto valía un libro determinado, como el escritor de mi derecha de vez en cuando me sonreía por lo apurada que debía de parecerle, en represalia, cuando algún paseante me preguntaba por un libro y la vendedora no estaba, con un gesto le señalaba a él. Lo sé, fue un comportamiento vil por mi parte, pero os informo que los apuros en compañía duelen menos, y cuando veía que el escritor le respondía al posible comprador que no lo sabía, yo le ofrecía un gesto de empatía. Un poco después se percató, y contra todo pronóstico, me sonrió, lo cual me decidió a leer su libro. Desde ya lo considero un auténtico caballero de brillante armadura. Estuve tentada de darle un beso de despedida cuando se marchó un minuto antes que yo, pero me pudo el azoro. Si alguien sabe quién firmó junto a Arlette, por favor que se ponga en contacto conmigo.

Al día siguiente, ignoro el motivo, me levanté con más fuerzas todavía, pero cuando llegué al Retiro olvidé el número del stand en el que tenía que firmar, faltaban diez minutos para las doce y no encontraba la caseta de información, me entró el pánico, pero soy mujer de muchos recursos, llamé por teléfono a mi amiga Loli y le pedí que me dijera el número y ¡voila! Pero no vais a creerlo, el stand estaba justo detrás de mí, era el único que tenía la franja azul y no roja, además tenía el cartel con mi foto y todos mis libros. Aún me escuece la mirada que me dedicó mi marido…;) Poco después llegaron Noelia, Alix, Helena y Merche, qué risas, qué anécdotas, y quedamos para picar algo después de la firma.

Todavía tengo agujetas de las risas que he compartido con autoras y lectoras. Y qué os puedo decir, la feria del libro de Madrid se ha convertido en un referente en mi vida literaria, espero no faltar nunca.

Debo hacer mención especial a Javier de Pamplona, que logró que le llevasen mi novela, La última cita hasta allí, a Fernando y el resto de hombres que se acercaron con una sonrisa para que les firmase un libro, y sin poner la escusa de que eran para sus parejas, olé y olé.

Gracias también a las lectoras que han apostado por mí al llevarse una de mis novelas por primera vez.

Gracias a mis editores, Mercedes y Ezequiel de Vestales, Esther de Esencia y Gabriel de Vía Magna, porque han hecho posible que Arlette pudiese estar en la feria conociendo a muchas personas. Ha sido un fin de semana maravilloso y…. ¡Volveré!

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may-26-10

Feria del libro de Madrid

escrito por arlettegeneve

FIRMA DE LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

(Parque del retiro)

Firmaré ejemplares de LA ÚLTIMA CITA, el 29 de Mayo, de 12:00 a 14:00 de la tarde en el stand 102-103 de la distribuidora Alfa-Omega.

Firmaré ejemplares de EL CARCELERO DE ISBILIYA el día 29 de mayo de 18:00 a 20:00 de la tarde, en el stand 249 de Planeta.

Firmaré ejemplares de LA RENDICIÓN DEL HIGHLANDER el día 30 de Mayo de 12:00 a 14:00 en el stand 306 de la distribuidora Melissa.

Os espero…;)

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may-17-10

Feria del Libro de Madrid.

escrito por arlettegeneve

Cuando asistí por primera vez a la feria del libro de Madrid, recuerdo que pensé y me pregunté… « ¿Qué hace Arlette Geneve aquí con escritores consagrados, y de la talla de Kent Follet?»

Me sentía realmente intimidada, feliz pero insegura, y aunque sólo firmé unos diez ejemplares de mi primera novela, la experiencia resultó tan fortalecedora y rica como escritora, que me hice la firme promesa de asistir siempre que las circunstancias me lo permitieran, a la Feria del Libro de Madrid.

Este año voy invitada por la editorial VESTALES de Argentina, con ellos he publicado un libro contemporáneo, La última cita, y dos relatos reunidos en dos antologías, Retorno a Tunbridge Wells, inspirado en la segunda guerra mundial, y Enemigo mío, que lo ambienté en nuestra guerra de Independencia Española, con un resultado muy satisfactorio en ambos, y que me ha llenado de inmensa sorpresa y profunda gratitud. He podido ver mis historias en la Feria del libro de Argentina, como quiero haceros partícipes de mi alegría, os pongo dos fotos prestadas de la web de mi compañera de pluma, Andrea Milano.

Una amiga suya se las envió para deleite de ella y mío. Y no podéis haceros una idea, de lo orgullosa y tímida que me siento por este privilegio inesperado. Aprovecho esta reflexión para agradecer a mis editores en Argentina, Mercedes y Ezequiel, por llevar mis historias a esos hogares lejanos en distancia, pero cercanos en inquietudes. Cuando tomé la decisión de publicar con VESTALES, no podía llegar a imaginar ni por un momento, que mis historias serían leídas, no solamente en España y Argentina, también en países como Chile, Colombia, México, Venezuela e incluso Usa. Por ese motivo me he tomado la libertad de poneros unos mensajes muy representativos y que me han llegado desde partes muy diferentes del planeta. Os pido que disculpéis que no los ponga todos, pero de hacerlo la entrada sería muy larga.

Comentarios….

Sobre la última cita.

Cyntia, Argentina

Me encantó la novela!! todos los enredos, y por supuesto Dante! jeje. Soy de Argentina, y andaba buscando una novela para pasar las vacaciones, y no me duró ni dos días! Genial novela. Felicitaciones!

Cynthia, Colombia

Me ha gustado muchísimo el libro. También empecé a leerlo para tener algo que leer en las vacaciones. Me lo estoy terminando, soy de Colombia y, estaba de visita en Argentina. Me mantuvo pegada al libro desde el primer día que lo empecé a leer hasta ahora, y lo estoy recomendando. Felicitaciones.

Juana Febrer, Argentina

Es MARAVILLOSA. Lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Entretenida, dinámica, tiene una temática novedosa. Se van a encontrar con un argumento distinto. Me quedé súper enganchada, no podía dejar de leerla; y cuando la terminé quería volver a empezar. Hace cuando que no tenía esta sensación? Adoré al personaje de Dante, estoy segura que a Uds. les pasaría lo mismo. Los enredos juegan un papel importante. La autora – Arlette Geneve -muy sagaz, te deja entrever situaciones, tu imaginación vuela hacia un lado y después sobre la marcha te las cambia, una genia.

Pamela, México

Es buenísimo, divertido, original y ameno… Lo recomiendo a todo el mundo. Es un libro ligero de lectura, distinto a los históricos de la autora.

Andrea Pinto, Chile

Libro entretenido, simpático, bastante light, vale la pena leerlo, especialmente para las mujeres, después de tomarnos un baño y meternos a la cama. Una vez que lo toma no quieres soltarlo. Andrea Pinto, CHILE

Olga. México

Hola!!!! Ya me he terminado el libro, ayer por la tarde lo empecé y no lo pude dejar hasta que lo terminé (y eso que iba más o menos por la mitad, por la parte de la limusina). Tengo que decirle que me ha encantado y que no esperaba para nada ese final, que Dante fuera el padre de la hija de Alins, ¡me hizo creer que era Yago! y pensé ¡vaya lio de familia! De momento por mi parte tiene una admiradora más. Ahora estoy impaciente por conseguir: Las espinas del amor y leerlo, por otra parte le diré que la animo a que siga escribiendo, que lo hace realmente bien de verdad y no es un cumplido. ¡Siga así!

Sobre Las Espinas del Amor y La promesa del highlander.

Zuleima, Monny, y Myriam. USA

Estimada Arlette, le escribimos este correo, para felicitarla por sus libros: Las espinas del amor y La promesa del highlander, los que nos dejaron un gusto a poco, fueron excelentes y nos gustaría que considerara escribir una segunda parte de ellos, seriamos muy felices de poder leer algo mas de estas épocas, somos unas amigas que vivimos en USA y que leemos romance histórico en español, y compramos todos los libros en Heartmaker. Somos sus admiradoras y esperamos con ansias un nuevo libro con alguno de los personajes de estos libros, los que nos dejaron enamoradas. Sus seguidoras. Zuleima, Monny, y Myriam

Karmen Viñas, México.

HOLAAAAAA! ME SUPER ENCANTAN TUS LIBROS, TUS OBRAS SON INSPIRADORAS Y LA VERDAD NO HAY NADA MEJOR QUE LEER UN LIBRO DE ESTA ESCRITORA PARA ESTOS TIEMPOS DE PRESION, DE TENCION, ETC, QUE NOS ESTAN DESGASTANDO DIA CON DIA.

Carolina Medina, Argentina

La leí de tirón. Es una novela de impresionante trasfondo histórico en el que te metes enseguida, enganchada, al menos en mi caso, sobretodo por la fuerza de sus protagonistas femeninas, fuertes y muy valientes. Mucha pasión y enredo hasta el final.

Y como conclusión, deciros que os espero el día 29 de mayo, de doce de la mañana a dos de la tarde, en el stand 102-103 ubicado en el Parque del Retiro de la hermosa ciudad de Madrid.

Un beso enorme.

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La Ofrenda

escrito por arlettegeneve

Os dejo un relato juvenil que escribí para la web Románticas al Horizonte. Es mi primera incursión en este género, aunque mi niña me insiste para que haga una novela con adolescentes como protagonistas. Espero que disfrutéis de su lectura.

Arlette.

La imagen está dibujada por Gine.

LA OFRENDA

El silencio del bosque resultaba acogedor, íntimo e invitaba a la meditación y a las decisiones. Si cerraba los ojos y los mantenía, así, con los párpados apenas unidos en un roce de pestañas, podía escuchar la risa del arroyo. El baile de las hojas vestidas de un color verde intenso sobre su cabeza que murmuraban versos de amor. Sin apenas percatarse, se dilataron sus fosas nasales, y el aroma de la fresca hierba, de los lirios mecidos por la brisa juguetona de la tarde cálida, penetró en el interior de su garganta, se deslizó por sus paredes húmedas, hasta bañarle el alma con el olor dulce de las promesas cumplidas. Alzira alzó su barbilla hacia el cielo claro, y clavó sus pupilas negras en los mapas hermosos del firmamento, en los variados dibujos de las nubes que parecían de algodón suave, y sonrió con la dicha de quien tiene el alma pura, y sabe cuál es su propósito en la vida y va a ejecutarlo en breve. De pronto, el tintineo de cascabeles tras su espalda, hizo que se girara apenas un tercio sobre sí misma para contemplar a sus hermanas que reían con alboroto caminando hacia ella. Miró a Alira y se percató, por primera vez, que el vestido que ella había elegido para la ceremonia, no era el más adecuado. Pero adoraba el rojo, lo consideraba el color de la vida, la pincelada del optimismo, el impulso de la determinación. Alira vestía de un color caramelo a juego con sus ojos dorados. Sus rizos negros se mecían al compás de sus pasos, y ella se alegró de que fuese su hermana mayor y la guardiana de sus deseos. Ahora, se fijó en su hermana pequeña Áurea, que vestida de amarillo parecía la novia del sol. Los mechones rubios de su cabellera, eran de oro bruñido por un amo codicioso. Ambas hermosas. Ambas especiales.

–¡Llegáis tarde!– las apremió. Alira y Áurea pararon sus pasos y la miraron con sorpresa en sus pupilas negras.

–Te supera la impaciencia, hermana, pero comprendo tus prisas, todos los días no se cumplen dieciséis años– le respondió Alira avanzando de nuevo hacia Alzira que estaba de pie en un claro del bosque.

–¿Qué se siente?– Le preguntó Áurea con verdadero interés.

–Imagino que lo mismo que sentirás tú cuando cumplas mi edad– le respondió con una sonrisa dulce en sus labios de cereza.

Las tres hermanas eran hermosas y tenaces, dos años las separaban a cada una. Alira tenía dieciocho años. Áurea catorce y Alzira cumplía esa misma tarde, dieciséis primaveras.

–Apenas se distingue el color de tu pelo con el del vestido– respondió Alira, y Alzira se mordió el labio inferior un tanto preocupada. Alira tenía razón con respecto a su vestimenta, pero ella adoraba ese color, quizás porque los mechones rebeldes de su pelo parecían lenguas de fuego. ¡Color de vida!

–Es mi mejor vestido– respondió apenas en un susurro– me pareció apropiado para la ceremonia– calló de pronto y se quedó un momento pensativa. –¿Me concederá el Don?– Alzira hizo la pregunta con una ceja arqueada, quizás su impaciencia le hacía ser desconfiada, pero había esperado durante tantos meses este momento, y no quería que nada lo estropease.

–Es nuestra señora, no te lo negará– las palabras de su hermana mayor, lograron quitar parte del peso que sostenía sobre sus hombros debido a las dudas.

–¿Estás preparada?– Le preguntó Alira con la frente fruncida. Alzira se mostraba demasiado ansiosa, pero tenía que estar tranquila en el momento que ofreciera el juramento, o la Diosa podría creer que no estaba preparada todavía.

–Después de la promesa, cruzarás la línea y buscarás tu ofrenda. –Alzira cerró los ojos pensando en lo que tenía que encontrar antes de que la línea del alba alcanzase el horizonte.

–¡Es peligroso!– Advirtió Áurea con ojos suspicaces. Alzira la miró sin dejar de sonreír. Era muy gratificante que sus hermanas se preocuparan por ella. La hacía sentirse muy querida. –Recuerda que puedes quedar atrapada.

Un escalofrío la recorrió por entero. El otro lado de la línea podía resultar aterrador, lo sabía muy bien, su madre nunca había regresado del mundo de los humanos.

–Tracemos el círculo y encendamos las velas– apremió Alira.

Áurea comenzó a trazar el mágico círculo con cal y arena, la cal representaba la purificación, la arena, la fuerza del mar. Alira colocó un total de siete velas, velas que encendidas, representaban el dominio de la luz sobre la oscuridad cada noche de la semana. Alzira se colocó en medio del círculo con dos piedras en ambas manos, la piedra negra representaba la noche, la piedra blanca el día. Con los ojos cerrados comenzó a entonar una canción antigua, de las que se transmiten de madre a hija, o a nieta. Alira y Áurea se situaron de forma paralela al círculo y comenzaron a tararear la misma canción con las palmas de sus manos mirando hacia el cielo oscuro.

–Comienza el conjuro y no te repitas– le ordenó Alira con voz firme. Alzira se aclaró la voz y comenzó a recitar las palabras milenarias que le otorgarían la merced de la Diosa.

“En esta noche y a esta hora.
Antiguo Poder te llamo ahora. ¡Diosa del Sueño! Divina y Piadosa en merced.
¡Te ruego y clamo ahora para que tu Luz me ilumine! Tengo un deseo que pedirte. Imploro obtener el perfecto Don de la luz en la oscuridad para controlar lo tenebroso.
Pido, al Universo infinito, que me preste el poder de todas las correspondencias astrológicas correctas, para que pueda ser parte de esta familia, para obtener mi deseo con tu beneplácito.
Por ese motivo atraigo específicamente hacia mí el Don sin afectar a la libre voluntad del Todo, y sin dañar a nadie. Ahora proclamo que este hechizo está hecho. ¡El don es mío!¡De ningún modo este juramento se invertirá, ¡ni impondrá sobre mí ninguna maldición!
Como yo quiera, que así sea.

Tras las palabras, el silencio se volvió pesado. Una paloma cruzó el claro del bosque hasta detenerse junto a Alzira con una flor en el pico. Ella sabía que tenía que tomarla y masticarla como si fuese una ofrenda de la Diosa del Sueño. Así lo hizo sin ninguna duda. De pronto, la quietud de los árboles se vio interrumpida por una inesperada ráfaga de aire helado, pero las llamas de las velas, aunque oscilaron de izquierda a derecha, no se apagaron. La Diosa había aprobado la petición.

–¿Está aquí? –Preguntó Alzira con una ceja alzada y con el rostro dirigido hacia su hermana mayor.

–Acaba de marcharse– respondió la mayor. Áurea giró su cabeza rubia buscando a la presencia espiritual.

–Nunca se deja ver.

Con esas palabras, Alira confirmaba las sospechas de Áurea y Alzira.

–¿Ya está?– preguntó la pequeña con ojos como platos. Era la primera vez que asistía a un rito de iniciación en los Dones.

–Ahora tenemos que acompañar a Alzira hasta la línea que separa nuestro mundo del mundo de los humanos. Elegirá su ofrenda y se la traerá a la Diosa. La dejará en el interior del círculo y apagará las velas.

Alzira memorizó, una vez más, cada palabra que pronunciaba su hermana mayor, ¡era tan importante no olvidar los detalles!

–Recuerda…– le dijo Alira con el rostro muy serio. –Una ofrenda fácil, y tuyo será el Don que has solicitado.

Alzira hizo un asentimiento con la cabeza y se dirigió hacia el lago de cristal. El lago era la línea que separaba ambos mundos. El de los humanos, y el de las hadas. Ella quería ser una hada poderosa, pero antes tenía que traer la ofrenda para la Diosa del Sueño. Cada paso que la alejaba de sus hermanas, Alzira lanzaba un suspiro que se volvía quejido por la incertidumbre que la embargaba. Cuando cruzó el lago de cristal, la bruma blanca y espesa, hizo imposible que divisara a Áurea y Alira en el otro lado, pero ya no había vuelta atrás. Agitó sus rizos cobrizos en un intento de despejar sus temores ante lo desconocido, y cuando la barca tocó el muelle la ató a uno de los postes de madera y la dejó semioculta debajo de la pasarela de madera. Si perdía la barca no tendría modo de regresar a su mundo. Asió la capa negra de terciopelo que ayudaría a ocultar el color escandaloso de su vestido en la noche. Agarró la capucha y se cubrió los cabellos con ella, miró hacia la izquierda y hacia la derecha y decidió caminar hacia el frente. Si tenía suerte, podría encontrar su ofrenda muy pronto. Los olores de la ciudad la inundaron por completo hasta marearla. Podía oler el humo de las chimeneas, el hedor del río que dividía la ciudad en dos. La orina que corría por la calle embarrada y sucia. Alzira clavó sus ojos en las casas viejas y ruinosas. La diferencia entre su mundo y éste era abismal, desconcertante, pero contemplarlo hizo más firme su decisión de encontrar su ofrenda para la Diosa y su pueblo. Caminó durante un par de horas sin descanso, sin darse una tregua. Cruzó la plaza de la ermita, el puente romano, y el mercado que seguía sucio de los desechos de la mañana, las cabezas de pescado comenzaban a pudrirse en la basura que habían amontonado en una esquina de la calle. El ruedo de su capa de terciopelo arrastraba algunas piedras y barría los charcos que empapaban la hermosa tela, pero a Alzira no le importó. Seguía buscando entre las calles desiertas y oscuras el objeto de su deseo, y de pronto lo vio. En el rincón más apartado y sucio. En el lugar más inesperado. El cuerpo estaba sentado en el primer escalón de la entrada a una vieja casa abandonada, y supo que su búsqueda había llegado a su fin. Alzira apresuró el paso y se detuvo delante de la niña que, con sus puñitos sucios, se restregaba los ojos como para despejar el sueño. Se fijó en sus ropas andrajosas y raídas, en sus pies descalzos y su pelo enmarañado, pero era la niña más hermosa del mundo.

–Hola– sus los brillantes ojos la miraron con inmensa curiosidad. Alzira calculó que no debía de tener más de tres años, pero era muy difícil saberlo por lo desnutrida que estaba. –Vengo a llevarte a un lugar donde se te va a querer muchísimo. Donde comerás todos los días, y podrás soñar sin pesadillas.

La pequeña se metió el dedo pulgar en su boquita al mismo tiempo que parpadeaba al escuchar las palabras. Alzira sonrió, la pequeña no mostraba miedo, y eso hacía mucho más fácil su tarea.

–Imagino que no tendrás nombre, pero yo te daré uno muy bello que te hará sentir hermosa– Alzira le extendió la mano al mismo tiempo que le ofrecía una sonrisa fraternal y sincera. –Te llamaré Esperanza, ¿te gusta?– La niña ladeó su cabecita de rizos enredados en un gesto pilluelo que hizo que el corazón de Alzira latiera mucho más rápido. –¿Vienes? Prometo cuidarte el resto de tu vida.

La pequeña asió al fin la mano de ella y levantó su escuálido cuerpecito del frío escalón de piedra, comenzó a seguirla con paso inseguro. Alzira no lo dudó ni un momento, la alzó en brazos a pesar de lo sucia que estaba y la arrulló entre sus brazos, y comenzó a tararear una bonita canción de cuna. Cuando ambas llegaron a la parte del lago donde había escondido la barca, la pequeña Esperanza ya se había dormido. Alzira se quitó la capa y formó un pequeño nido con ella obviando la parte mojada, la puso en la parte más segura de la barca y colocó a la niña en su interior, de esa forma la bruma del lago no la enfriaría, y mientras asía los remos con ambas manos y comenzaba moverlos, los ojos de la niña se abrieron pero sin mover su cuerpo del lugar caliente y confortable que ella le había preparado.

–Eres mi ofrenda ¿sabes? Y en un futuro tú tendrás que hacer lo mismo, pero no debes de preocuparte, ocurrirá cuando cumplas los dieciséis años, como yo.

Alzira enfiló la proa de la barca hacia su lado del mundo. Estaba muy feliz, había cumplido su misión mucho más pronto de lo que había imaginado, aunque suspiró con pesar. Encontrar niños abandonados no era nada difícil, todo lo contrario. Las prostitutas los dejaban tirados en las calles. Los orfanatos estaban llenos, y cuando dejaban a infantes en sus puertas, ni siquiera se dignaban a acogerlos, los dejaban para que exhalasen el último aliento en completo abandono. Aquellos que lograban alimentarse de basura y restos podridos, no morían de forma inmediata, pero su agonía se alargaba inhumanamente. ¿Acaso desconocían los humanos los maravillosos seres que eran los niños? Pero en su mundo eran muy apreciados y queridos. Por cada niño que lograban salvar, un hada obtenía su Don, y de esa forma cumplían los deseos de los niños que no se dormían en la muerte en el otro lado. Alzira, gracias a Esperanza, había obtenido su Don. Librar a los niños humanos de las pesadillas que los acosaban por las noches. ¿Se podría pedir mejor deseo? Ella lo dudaba. Esperanza iba a ser muy feliz en su mundo, y ella podría quitar cada noche, las pesadillas de un niño. Le encantaba su Don e iba a hacer buen uso de él.

Arlette Geneve.

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Celeste

escrito por arlettegeneve

Os traigo un cuento hermoso de una muy buena amiga mía: Noemí, y me parece tan especial que le he pedido permiso para compartirlo con todos vosotros.

Es una historia que se repite siempre, lamentablemente, pero está en nuestras manos hacer todo lo posible para cambiar esa circunstancia.

Gracias Noemí por el enorme privilegio de poder disfrutar esta historia. Os invito a que visitéis su página especial y tremendamente espiritual.

http://pensadoras.ning.com/

Celeste.

23 de diciembre de 2006

¡Faltaba poco para navidad! Celeste se levanto ese día con un hormigueo extraño en la barriguita. Estaba feliz, y hacía mucho tiempo que no se sentía así. Se asomo a la ventana de su pequeño cuarto, veía caer los primeros copos de nieve, ¡le encantaba la navidad! Los sueños de su mente estaban acompañados por las luces de colores que veía, sus ojitos se fijaron en una ventana situada frente a la suya, un papá Noel colgaba de la barandilla de un balcón, como si esperase para entrar a la casa, y de vez en cuando escuchaba algún villancico. Tenía seis añitos, pero sus dulces e infantiles ojos, habían visto demasiado. Esa mañana de diciembre, su anciana bisabuela, con la que vivía y dormía, se levanto muy triste, apenas podía andar, la navidad venia acompañada de frío y nieve, y sus debilitados huesos estaban ya muy resentidos por el paso de los años. Había llegado el momento de salir a la fría calle, se abrigaron bien y, tarareando un villancico conocido, se fueron a comprar algo de pan y verduras. Por el camino, Celeste iba muy embelesada viendo todos los adornos que habían por la calle; las luces; los renos; la música. ¡Estaba todo tan bonito! Le pregunto a la anciana por qué en su casa no había adornos, por qué dentro de sus cuatro paredes no había navidad. La anciana, con rostro cansado, y con sus manos ajadas de su larga y trabajada vida, se limito a mirarla con ojos brillantes, pero tristes en su profundidad. Los años la habían castigado de forma muy dura, ni siquiera tenia la suficientes fuerzas para cuidarse, entonces ¿cómo explicar el abandono de los seres queridos? ¿La carencia de lo más necesario? Celeste era una niña muy pequeña, había tiempo para explicar esas cosas, pero no tan cerca de la navidad. De camino a casa, ambas, niña y anciana, contemplaron a la madre de la niña, y a su abuela que hablaban de forma rara, como tantas otras veces. El brillo de sus ojos se tornaba vidrioso a medida que pasaban los minutos. Celeste no entendía de que hablaban, pero sujetó aún más fuerte la mano de su querida Ancianita. La casa, de su amada ancianita es vieja, sin el honor que tienen las casas cuidadas por manos de hijas amorosas, a ella no le gustaba el olor a ropa gastada, paredes húmedas, pero allí, bajo el cuidado de su ancianita, se sentía protegida, y para Celeste, esa sensación de seguridad , era la más importante del mundo. Ahora que tenia que ir obligada con su madre y con su abuela, el pánico se adueñó de ella, por ese motivo se agarro fuerte de la mano de su ancianita. Pero de nada le sirvió; ese día, su madre tenia el capricho de comer con ella. Celeste empezó a llorar, parecía que nadie la escuchaba. La anciana, tras mirarla un momento con ojos brillantes de lágrimas, comenzó a marcharse cavizbaja, y andar cansado. Celeste entre gimoteos lastimosos, llego a la casa que estaba tan sucia y desordenada como siempre. Y lo más trise para ella era que allí, ¡tampoco había navidad! ¿Por qué parecía que no existía la ilusión para ella? ¿Por qué en su mundo no había alegría? ¿Risas? ¿La música adornando los comedores con abundante comida? Si había familias, debía de existir la navidad. Pero en ese lugar triste y lóbrego llamado hogar, no existía la magia y el encanto de la navidad, pareceía que desaparecían. Se sentaron a comer unas sobras de caldo, aunque parecía agua sucia. Con un sentimiento de aflicción, Celeste empezó a comer. Y un momento después su madre y su abuela iniciaron una discusión tremenda, ella comenzó a hipar, y ante la amenaza de ponerse a llorar, le ordenaron que se marchara a su habitación. Celeste sentía miedo en ese lugar oscuro, olía a rancio, y miró los colchones tirados en el suelo con descuido, estaban sucios, en lugar de sabanas habían colocado unas toallas que no se distinguía el color. Celeste fijó sus ojos castaños en la única ventana del dormitorio, era como una abertura que representaba un alivio al hedor que impregnaba su nariz. Sin ser consciente, dirigió sus pasitos hacia ese pequeño reducto de libertad. En el pequeño patio se podía oír el bullicio de los diferentes apartamentos, los gritos de los niños con sus juguetes, la música navideña que tanto le gustaba a ella. Celeste arrastró el pequeño taburete para subirse a él y asomar su rostro hacia el exterior, cuanod lo hizo, contemplo el hermoso árbol que adornaba el salón del vecino de enfrente. Tenía todo lo que debe tener un árbol de navidad; luces; Ángeles; estrellas, y el suelo de madera estaba cubierto de regalos de diferentes tamaños. Los ojos de Celeste se llenaron de lágrinas, que al resbalar por sus mejillas y tratar de detenerlas con su lengua rosada, las sintió saladas, ella no tendría regalos, nunca había tenido regalos, pero de tenerlos los cambiaría por una navidad feliz. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta del niño que se había sentado junto al bonito árbol adornado. El niño, al darse cuenta de que ella lo miraba, alzó su barbilla y la miró, pero Celeste era muy tímida, se asustó y se bajo corriendo del taburete y se arrinconó en una esquina, con la cabeza entre las piernas. Si se hubiese quedado en la ventana, podría haber visto el saludo navideño que el niño le había dado y retribuírselo, pero ella no estaba acostumbrada a recibir muestras de atención. Un segundo después escuchó un grito airado. Se dio cuenta que aun se oían los gritos de la pelea entre su madre y su abuela, ambas seguían en la cocina. Celeste miró a su alrededor pero no vio nada interesante para hacer salvo soñar, y allí, sentada en el frío suelo, comenzó a soñar con las cosas que le gustaban, como vestidos bonitos, se vio a sí misma con un vestido blanco, con unas botas rojas, con una bufanda y gorrito a juego; imagino que ella estaba bajo el árbol navideño, con todos los regalos. Con dulces, y cantando villancicos… y con esos pensamientos se durmió. Unos minutos después se despertó desorientada y le dolía todo su cuerpecito, hacía demasaido frío para dormir en el suelo, por ese motivo se armó de valor y salió de su dormitorio, pero su madre estaba dormida en el sofá, boca arriba, y de su garganta salían gemidos que la asustaban, aunque no entendía el motivo. Ella sólo quería irse con su ancianita, y por eso se acerco a su madre para que la llevara, pero al tocarla para despertarla, no reacciono. Buscó con su mirada a su abuela que estaba fumando en la cocina como si no hubiese ocurrido nada. Con pasos tímidos se aceró, y le pidió por favor que la llevara a su casa. La abuela la miro, y sin decir nada se levanto, la asio de la mano y se se dirigieron hacia la calle. Al bajar, Celeste sintió un escalofrío y entonces se dio cuenta que había olvidado su abrigo, pero prefirió no decir nada, en su corazoncito quería llegar lo antes posible al lugar donde se sentía protegida; y por su puesto su abuela no se dio ni cuenta. Por fin llegaron, entro corriendo a la casa y le dio un fuerte abrazo a su anciana, parecía que llevaba una eternidad sin verla, pero apenas habían pasado unas pocas horas que a Celeste le parecieron demasiado largas, dolorosas. Pero algo había cambiado, miró a su alrededor con sorpresa, mientras una gran sonrisa acudía a sus labios como por arte de magia. No sabia cómo, pero la navidad había llegado a casa. ¡Había velas encendidas! Unas bolitas brillantes colgaban de las puertas, y encima de la mesa del comedor había una gran bandeja de dulces, parecía que la esperaban. ¡Estaba radiante y feliz! Celeste se sentó a comer con mucha alegría, y la ancianita le dio una caja que ella tomó con un brillo de curiosidad en sus pupilas; al abrirla descubrio una pandereta naranja y un gorrito de papa Noel. Celeste estaba muy contenta. La anciana aun tenia otra sorpresa, llevaba tiempo sacrificándose para poder comprarle unos regalitos para nochebuena, a ella le hubiera gustado dárselo el día de Reyes como era tradición suya, pero tenia tantas ganas de ver su carita de felicidad al abrir los regalos, que no podía esperar ni un día más. Sabia que le iban a hacer mucha ilusión. La conocía muy bien.

24 de Diciembre de 2006

Amaneció el día de nochebuena, muy blanco, todo cubierto de nieve. Celeste había dormido con el gorrito de papa Noel puesto, estaba tan feliz que no había querido quitárselo. Asomo su pequeña cabecita por la ventana y vio a unos niños jugando en la calle, se tiraban bolas de nieve y hacían muñecos con ella, pero Celeste no podía salir a jugar, su ancianita tenia miedo de dejarla salir. Ambas se sentaron en el sofá para ver una película navideña, en la televisión siempre ponían películas bonitas en navidad. Todo era muy bonito, veía a las familias preparando abundantes cenas; cantando; abriendo regalos… y con esas imágenes se quedo pensativa, la televisión le transmitía siempre una navidad hermosa. De repente, sonó el timbre, y la ancianita la miró con ojos desolados antes de levantarse para abrir, ella tenia miedo de que fuera otra vez su madre, pero la persona que ella vio en el umbral de la puerra, no era su madre ni su abuela, eran dos hombres con rostro serio y que la miraron con ojos fríos, Celeste sintió un escalofrío recorrerle por la espalda. La anciana tenía el rostro pálido, en sus ojos asomaba una expresión de terror que Celeste nunca había visto antes y que le hizo temblar de miedo. Los hombres se acercaron hacia el lugar donde estaba ella, uno de los desconocidos la cogió en brazos y la sacó hacia la calle. Ella no supo por qué motivo se la llevaban, qué sucedía. La anciana comenzó a gritar y a llorar al mismo tiempo, quería asirla entre sus brazos pero no se lo permitieron. Celeste se dio cuenta que la alejaban de su querida ancianita. Hizo fuerza, grito, lloro, pero no sirvió de nada. Esa noche fue la más larga, la anciana se sentó impotente, transcurrían las horas y se sentía incapaz de hacer o decir nada. Había llegado el día de navidad, veía los regalos que tanto sacrificio le había costado comprar. Celeste ya no los iba a abrir con una sonrisa de júbilo, y de hacerlo alguna, vez no le servirían de nada. Las botas rojas con la bufanda y el gorrito a juego quedarían para siempre en el armario.

25 de Diciembre de 2009

Celeste ya no volvió del centro de menores. Su madre había tenido tres hijos más, pero que habían corrido la misma suerte que Celeste, pero con la diferencia que a sus hermanos se los llevaron al nacer. El alcohol y las drogas dejaron huellas profundas en sus pequeños cuerpo.  La anciana sigue mirando los regalos envueltos, en espera de que algún día, su pequeña Celeste venga a abrirlos.

Dedicado a Maite.

Noemí Díez Lorenzo. 

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Un viaje para recordar…

escrito por arlettegeneve

UN VIAJE PARA RECORDAR….

El viernes día 16 amaneció soleado en Alicante. Los ánimos estaban fuertes por la perspectiva del viaje a Málaga. Los nervios habían anidado en el estómago durante la noche, como un animal buscando cobijo durante la tormenta.

Pero todo se iba desarrollando, según los planes trazados.

Para una sureña convencida que el sol cae en el reino de Valencia la mayor parte del año, con justicia divina e implacable, que lloviese, resultó toda una sorpresa, y cómo llovió, como una seria advertencia y absurda premonición primaveral de lo que iba a ser el fin de semana. Las previsiones atmosféricas no decepcionaron. Llovió en el sur con chabacanería, como si el tiempo se burlase de unos cautos transeúntes que no están preparados para que el cielo se vengase, y sí para disfrutar de nuestro buen clima mediterráneo.

¡Ha desaparecido! Nuestro buen tiempo, quiero decir.

Pero, aunque las miradas llenas de expectativas se apagaron un tanto, la ilusión por la presentación siguió creciendo a un ritmo acelerado. Y no me equivoqué. No importó la lluvia, ni el mal tiempo, ni el aire frío que nos hizo estremecer cada vez que nos acariciaba solícito. Todo resultó MARAVILLOSO.

Dentro de la librería Luces esperaban los lectores, aquellos que nos les importó que diluviase, el aire frío y el bullicio por la semana de cine de Málaga, y quiero mencionarlas porque se merecen un aplauso, y me inclino ante su persistencia.

Mari Cruz, que se había levantado por la mañana enferma, y allí estaba.

Carmen, que cruzó Málaga cargada de libros y con esa sonrisa hermosa y llena de promesas.

Pepi, que se trajo a toda su familia a la presentación.

Tere, a la que volví a ver después de un año.

Mimbre, que hizo un viaje desde la provincia de Jaen para estar conmigo; a pesar de que tuvo que hacer un cambio de horario en el trabajo; de las dos horas de coche hasta el lugar de la presentación.

La escritora y ganadora del IV Premio Terciopelo con la que pude disfrutar con una charla muy interesante y con la que compartí dedicatoria. Gracias Raquel.

Anny, que no pudo estar en la presentación, pero me arropó durante las horas previas a ella.

Una mención de disculpa por si me dejo algún nombre, de verdad que no es voluntario.

Y no olvido a los maridos que acompañaron a sus esposas con una sonrisa en los labios, y toda la paciencia del mundo.

Muchas gracias también a la presentadora, Loli, porque pasó una mal rato por mi culpa, pero hizo un trabajo de cine, y que no olvidaré, a pesar de que dejó a Brandon sin cabeza.

Lectoras no, amigas malagueñas, sois maravillosas.

Me he traído unos recuerdos absolutamente enriquecedores e imprescindibles en mi vida como persona, y como autora.

De nuevo, muchas gracias.

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abr-5-10

BAJO EL CIELO DE PARÍS

escrito por arlettegeneve

Os dejo un relato que escribí para la revista RomanTica. Sé que muchos no habéis tenido acceso a ella y por ese motivo me he decidido a colgarlo en mi página web. Espero que disfrutéis de su lectura.

Arlette.

BAJO EL CIELO DE PARÍS

Ciudad de París, 25 Agosto de 1944

Arianne alzó su rostro para mirar el cielo que, en esa mañana cálida de verano, estaba completamente despejado. En los últimos días, aviones americanos e ingleses habían surcado los cielos de Francia de forma continua y sin tregua. Miles de soldados que se lanzaban desde el interior de las bestias de metal, habían tintado el cielo azul de puntos negros para convertirse, poco después de abrir sus paracaídas, en flores de algodón blanco que oscilaban suspendidos en el aire antes de tomar tierra firme.

París había sido liberado, y Alemania se replegaba hacia Bélgica. La guerra llegaba a su fin, y los franceses podían respirar con un profundo alivio.

Arienne volvió su mirada hacia los Campos Elíseos atestados de gente, de patriotas deseosos de darle la bienvenida a los aliados. A lo lejos se podía escuchar las notas de La Marsellesa ofrecida con un sentido de orgullo y patriotismo sin parangón, y el alborotado repique de las campanas del Notre Damme, daban el punto festivo a la celebración.

Una muchedumbre aplaudía con fervor a los soldados que hacían su entrada triunfal en la ciudad con una sonrisa en los labios. Blindados de la 2ª Acorazada rendían honores, y los oficiales miraban, con un brillo de satisfacción en sus pupilas, el desfile de sus compañeros. Muchos de los espectadores blandían sus pañuelos blancos en señal de bienvenida, y algunas muchachas osadas lanzaban besos a los sonrientes soldados que pasaban a su lado, éstos les devolvían el gesto lanzándoles chocolatinas.

Arianne quería disfrutar del júbilo, pero no había logrado una posición ventajosa para ello. Aunque se ponía de puntillas, no lograba ver más allá de las espaldas de los parisinos y de los oficiales que hacían una fila de honor con sus jeeps y blindados para proteger el desfile de los soldados. Resignada, soltó un suspiro y comenzó a darse la vuelta sin pensar que la multitud la cercaba.

Robert St´James tenía los ojos clavados en la muchacha que tenía delante de él, había dejado un momento su asiento en el jeep para buscar agua, ahora que regresaba de nuevo a su lugar con una botella fría, se topaba con la mujer más extraordinaria que había visto nunca. Su pelo castaño brillaba bajo los rayos del sol, y el perfume de su piel le llenaba las fosas nasales produciéndole un placer que creía olvidado. Olía a lavanda mecida por una brisa estival.

¡La guerra se volvía tan cruel con los recuerdos!

El vestido, de fino algodón y estampado con vivas flores en rojo y blanco, se ajustaba de forma perfecta a su bien delineado cuerpo femenino. Por alguna inexplicable razón, no podía apartar sus ojos de ella, ni comprendía las ganas que sentía de pasar la yema de sus dedos por sus mejillas lozanas, por la piel sedosa de su cuello. La había visto hacerse un hueco entre el gentío para ver el desfile, pero su pequeña estatura le impedía ver más allá de los hombros de los ansiosos espectadores. Ella se movía hacia la izquierda y hacia la derecha buscando una posición mejor, y cuando se percató de que no iba a lograrlo, desistió de su intento. Al tratar de darse la vuelta, las tres filas de personas que gritaban y agitaban sus brazos le impidieron moverse de su sitio. Robert contempló el descorazonamiento de ella al no poder dar un paso hacia delante, o hacia atrás. Estaba trabada entre el gentío que mostraba su alegría gritando al paso de los soldados.

Arianne sentía que se ahogaba, estaba atrapada en una multitud de personas. Trató de moverse para abandonar la fila, pero su intento resultó inútil.

––¡Por favor!–– Era imposible hacerse oír entre la muchedumbre que gritaba enaltecida. Arianne cerró los ojos porque comenzó a sentir un leve mareo. Apenas veía más allá de los hombros o pecho de los hombres que oprimían su cuerpo y lo empujaban hacia delante, creyó por un instante que iba a terminar en el suelo y que sería aplastada por decenas de pies.

El pánico comenzó a adueñarse de ella.

Se giró con inusitada brusquedad, y entonces su cuerpo tropezó con un pecho amplio que la desestabilizó por completo. Trastabilló de forma precaria hacia atrás, pero unos fuertes brazos la sujetaron e impidieron que cayera bajo los pies de las personas que vitoreaban con fuerza. Arianne no se había percatado que la persona que la había sujetado era un militar, pero se lo agradeció infinitamente. Alzó sus ojos y los fijó en el mentón cuadrado, firme, siguió subiendo hasta llegar a unos ojos que le sostenían la mirada con verdadero interés, y ya no pudo apartar su mirada azul de la mirada castaña, tenía una tonalidad suave, como el color de la miel templada.

––¿Can I help you?–– La voz, candente y profunda, le produjo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Los brazos fuertes seguían sujetándola por los hombros e impedían que las personas la empujaran en una dirección o en otra, pero ella no era consciente de ello, seguía con sus pupilas fijas en el atractivo rostro de hombre, en su altura y fuerte constitución.

––¿Monsieur…?–– Arianne formuló la pregunta inacabada en francés, y con un timbre de alarma en su voz aterciopelada, pero el hombre no le contestó de inmediato. Advirtió que era americano, la bandera de estrellas bordada en su hombro lo indicaba, vestía camisa y pantalón caqui, su rubio cabello lo llevaba muy recortado y libre de la gorra obligatoria. Le pareció un hombre tremendamente varonil.

Un suspiro profundo salió del interior de su garganta sin que pudiese evitarlo.

––¿Necesita mi ayuda?–– Robert había pronunciado las palabras en un perfecto francés. Los ojos de Arianne se entrecerraron atónitos. ––Si me lo permite, la ayudaré a salir del encierro donde está metida.

Ella asintió de forma muy leve con la cabeza. Si no se escabullía pronto de allí, iba a terminar desmayada por la falta de aire. Robert la sujetó por la cintura para protegerla en el avance. Su altura y fuerte constitución ayudaban en esa tarea. Salir del atolladero resultó tan fácil que Arianne se mordió el labio inferior avergonzada, pero tremendamente agradecida, aunque no caminaban hacia la acera, sino hacia el mismo desfile. La multitud se iba quedando detrás de ellos.

––La llevaré a un lugar donde disfrutará del desfile sin dificultad, podrá verlo en primera fila–– Robert la fue guiando por la amplia avenida adoquinada, donde el gentío gritaba eufórico, y los soldados le ofrecían a Robert el saludo reglamentario. Arianne supo que el hombre que la ayudaba era un oficial porque el resto de militares se cuadraban a su paso, aunque no era capaz de adivinar su rango o graduación. La conducía sin una réplica hasta un punto privilegiado, su propio jeep situado en primera línea.

––Aquí podrá disfrutar del desfile hasta que concluya–– el soldado sentado al volante salió del vehículo, se puso de pie de forma inmediata, y le ofreció a Robert el saludo obligatorio como oficial superior en la jerarquía militar. ––Mi nombre es Robert St´James, y mi ayudante es el sargento Andrew Fox. ––Los ojos de Arianne se dirigieron hacia el sargento que la miraba sin sorpresa en su rostro moreno, pero con un brillo de reconocimiento en sus ojos color café.

––Arianne Amey–– le respondió ella con una sonrisa trémula.

Un segundo después, el oficial le abrió la puerta del copiloto del vehículo y la invitó a tomar asiento. Ella lo hizo con gesto tímido. Robert se situó a su lado de pie, apoyó su cadera izquierda en la puerta cerrada, y con los brazos cruzados al pecho se dispuso a ver el desfile.

Arianne se sentía protegida dentro del vehículo con ambos hombres custodiándola, esa sensación protectora había sido relegada al pasado, los años de guerra le habían hecho olvidar tantas cosas hermosas.

La visión de los militares que desfilaban resultaba espectacular y alentador. Arianne recibió las miradas de los soldados y sus sonrisas, antes de que éstos le ofrecieran el saludo oficial al hombre que estaba de pie al lado de ella. Cuando el desfile terminó al fin, la sonrisa de Arianne no se había borrado de sus labios. Todo podía ser maravilloso a partir de ese momento. Francia se recuperaría, la libertad jamás iba a ser de nuevo cuestionada por tiranos, habría pan en los hogares, los hijos regresarían junto a sus familias…

––Será un honor acompañarla hasta su casa–– la voz de Robert la sacó de sus pensamientos, ella volvió a fijar sus pupilas en las muchachas sonrientes que se abrazaban a los soldados con grititos de placer, éstos recibían las muestras de afecto con empatía. Unos segundos después volvió su rostro hacia Robert.

––Se lo agradezco, pero no será necesario–– le respondió con una leve vacilación en la voz.

Robert clavó sus pupilas negras en Arianne ante su respuesta inesperada.

Se estaba mostrando esquiva, pero no pensaba darse por vencido. Desde que la había descubierto, el corazón le palpitaba dentro del pecho con una energía desconocida, señal inequívoca de que algo estaba a punto de cambiar en su existencia, y él no era partidario de darle la espalda a las oportunidades.

––Sería un honor poder terminar mi trabajo de protección, dejándola a salvo en su casa.

Arianne supo que no tenía nada que temer de él. Eran los libertadores, y ella se sentía enormemente agradecida por la paz y esperanza que habían traído a Francia, a Europa, a su corazón.

––Vivo algo alejada de la ciudad, en la granja Bresse. Está a poco menos de cuatro kilómetros de aquí–– la sorpresa en los ojos de Robert fue clara. Era una distancia bastante considerable.

––¿Ha venido caminando? ––Ella asintió algo azorada. La guerra había privado a las personas de las cosas más elementales como gasolina, francos, dignidad. ––Una caminata bastante larga para ver un desfile militar–– le dijo él.

Ella lo rectificó de inmediato con una media sonrisa.

––Se equivoca señor St´James, no he caminado cuatro kilómetros para ver un desfile militar, quería ser testigo de la entrada de los libertadores, una diferencia importante que no debería de olvidar nunca, y menos llevando ese uniforme–– Robert miró completamente intrigado a la muchacha francesa que le mostraba un reto en sus hermosos ojos azules. Parecía que su comentario la había molestado, pero él se lo había dicho como un cumplido y no como un reproche.

––Le ofrezco mis más sinceras disculpas señora…–– ella lo interrumpió.

––Señorita–– lo rectificó, y los labios de Robert se ampliaron en una sonrisa que la desarmó.

Arianne se percató de lo atractivo que era el oficial. No podía precisar su edad, las arrugas alrededor de sus ojos eran una clara muestra de las penalidades de sufrir la guerra en el frente.

––Estaré encantada de aceptar su compañía hasta Bresse. ––Durante unos momentos más, podría disfrutar de su cercanía, de la sensación de normalidad que lograba transmitirle su presencia.

Robert impartió varias órdenes a algunos soldados que reían y bromeaban entre ellos. El que estaba sentado al volante, le cedió su asiento para situarse detrás. Arianne seguía sentada en el asiento del copiloto. Robert sacó un mapa de París y de los alrededores y se lo mostró a ella, Arianne le señaló el punto donde estaba la granja Bresse.

Con un acelerón de las ruedas, emprendieron la marcha.

La cuajada hierba verde brillaba como si fuese un manto de terciopelo sobre la campiña. El color era tan intenso que cegaba, y Arianne se encontró parpadeando para fijar la visión de nuevo en el horizonte. La carretera seguía un bajo muro de piedra que hacía unos extraños recodos en el camino, para bordear algunos castaños centenarios que no había secado la adversidad ni la metralla, y una sonrisa se fue formando en sus carnosos labios. Iba sentada al lado del hombre más apuesto que había conocido nunca, de fuertes manos y decisión pertinaz. Arianne dejó de mirar el paisaje para fijar sus ojos en el hombre que mantenía su atención en la estrecha carretera.

––Es americano pero, ¿de qué parte?–– Le preguntó ella. Robert dejó de mirar la carretera para fijar su mirada durante unos segundos en su precioso rostro. Los ojos de ella lo fascinaban, estaban coronados por espesas pestañas negras que le conferían un atractivo único, y el color de sus ojos podía competir con el cielo de verano. Era la mujer más bella de todas, y él se sentía fascinado por ella, algo así no le había sucedido nunca.

––Del estado de Nueva York.

––¿Le gusta Europa?–– Le preguntó con un timbre de vacilación en la voz.

––Me gusta lo que he descubierto hoy–– si ella se sintió aludida, no lo demostró en absoluto, y Robert pudo apreciar su gran inocencia.

––Imagino que estará deseoso de volver a su hogar. –– La voz de Arianne había mostrado un tinte de añoranza, y ese detalle le dio alas al corazón de Robert, que había decidido en esa mañana maravillosa que la quería a ella, a una completa desconocida. Cuando se estaba en guerra, las prioridades en la vida cambiaban, él lo sabía muy bien.

––Sí, deseo regresar junto a los míos, pero no antes de que termine esta barbarie. ––Arianne deseaba preguntarle tantas cosas, pero no sabía por dónde empezar.

––Sargento…–– comenzó, él la interrumpió con voz cálida, sedosa.

––Capitán–– el rubor por su error cubrió las mejillas de ella de una tonalidad carmesí que le resultó a Robert encantadora. Resistía el impulso de tocarla a duras penas.

––Lo siento, no soy ducha en graduaciones militares–– se excusó para sumirse, un segundo después, en un completo silencio.

Faltaba apenas un kilómetro para llegar a la granja, Arianne temía la despedida, por alguna razón incomprensible, deseaba conocer de forma más íntima al oficial que le hacía sentir un cosquilleo en el estómago cada vez que la miraba. Era la primera vez en su vida que su corazón galopaba sin freno, sin control, calibró que la necesidad de compañía amiga, debía de ser la causante de su desconcierto. De su repentina necesidad de afecto masculino. Su padre y su hermano habían perecido en el campo de concentración Gurs, acusados de espías al régimen de Vichi.

––Sabes que regresaré a buscarte–– la tuteó por primera vez, y las palabras del capitán le produjeron un desconcierto absoluto. Fox se mantenía en completo silencio detrás de ellos. Arianne ignoraba que no hablaba la lengua gala.

––¿Bu…buscarme?–– Balbuceó completamente estupefacta. Él no podía estar insinuando que se sentía interesado en ella hasta el punto de querer regresar a buscarla.

––Arianne–– ella siguió mirándolo con la duda reflejada en sus pupilas–– la guerra nos enseña a no desperdiciar las oportunidades que nos brinda la vida, y esta mañana, bajo el cielo de París, se me ha brindado la mía, tú.

Arianne pensó que si abría la boca, el corazón se le saldría por ella.

––Cuando te descubrí entre el gentío, sentí unos deseos de protegerte como no había sentido nunca antes. He visto el horror que trae la contienda. El sufrimiento humano llevado hasta el extremo, pero cuando mis ojos te han contemplado, es como si mi alma te hubiese reconocido, necesito regresar a buscarte.

Arianne seguía en silencio, valorando las palabras de él, pero no pudo ofrecerle una respuesta porque la granja Bresse ya se divisaba en el horizonte. Cuando apenas faltaban trescientos metros para llegar, Robert paró el jeep de golpe y se dirigió al sargento con voz firme. Fox dejó su lugar y ocupó el asiento del conductor, Robert le abrió a ella la portezuela del vehículo para invitarla a descender de él. Arianne no protestó ni una vez. Salió sigilosa del interior del coche y aceptó la mano que el capitán le ofrecía, al hacerlo sintió una descarga de electricidad que la dejó aturdida.

––Es lo mismo que siento yo–– Arianne parpadeó confundida. Ella no podía negar la atracción que sentía hacia el capitán, pero las dudas la mecían, y la prudencia le hacía ser desconfiada, aunque sería maravilloso conocer sus aficiones. Qué le preocupaba y le hacía reír. Arianne se dio cuenta que ella tampoco quería perder la oportunidad que el destino le ofrecía en ese día de julio de 1944.

––Ya conoces mi nombre–– le dijo él de pronto–– Robert St´James, tengo treinta y cinco años, un padre periodista, una madre maestra y dos hermanas que me hacen la vida imposible cuando estoy con ellas. Vivo en un apartamento en el centro de Manhattan, y trabajo como ingeniero técnico en una empresa de construcción.

Arianne suspiró de forma profunda, anárquica a la vez. En ese breve resumen le había revelado parte de lo que quería conocer, y de pronto se sintió feliz y confiada.

––Mi nombre es Arianne Amey y vivo en la granja Bresse con mi madre. Mi padre Pierre y mi hermano Louis fueron asesinados en el campo de concentración Gurs hace dos años. Desde entonces, mi madre y yo colaboramos con la resistencia.

En esa breve explicación, Robert supo todo lo que había sufrido Arianne en la guerra, y el deseo de protegerla se volvió acuciante.

––Te pido formalmente, el permiso para escribirte hasta que regrese de nuevo a París.

––Lo tienes.

––Deseo besarte–– le anunció él. Ella lo miró con ojos arrobados, sinceros.

––Y yo a ti–– le respondió en un susurro.

Ambas bocas se fundieron en un beso apasionado, bajo el amparo de un castaño viejo de corteza gris, protegidos por sus ramas torcidas y llenas de hojas verdes. Con el sonido de los ruiseñores trinando sobre sus cabezas.

Arianne sintió la lengua aterciopelada de Robert acariciar cada recoveco de su boca. Sus pliegues rugosos, el interior de sus mejillas. Se abandonó a la locura que la poseía y se dejó arrastrar hacia el precipicio sin que le importara caer con él al vacío. Acababa de conocer al hombre más extraordinario. El amor llamó a los corazones de Robert S´James y de Arianne Amey ese 24 de julio bajo el cielo de París.

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